viernes, 24 de abril de 2015

¡SI CRITICAS, PROPÓN ALGO! ES DECIR, ¡CÁLLATE! ¿NO ES MEJOR QUE "HASTA LAS PIEDRAS HABLEN?"




ELIGIO DAMAS
¡HASTA LAS PIEDRAS HABLEN!

  Si quienes afirman lo que ahora criticamos tuviesen razón no tendrían sentido ni valor alguno los poetas y cantores a quienes por cierto, generalmente les dan piquiña los mapas, planos y cálculos fríos y enrevesados. Mayormente sueñan y sus percepciones no siempre tocan directamente la gruesa piel del lagarto. Si tuviesen razón quienes creen que toda crítica necesariamente debe estar acompañada de un proyecto, cálculos y mediciones milimétricas no hubiese poetas, soñadores y particularmente, un cantor como Alí Primera, del gusto por cierto de muchos de quienes exigen al crítico se acompañe de toda una parafernalia resolutiva, no tuviese valor alguno. Menos tendría valor aquello dicho aquí y allá con insistencia por el inolvidable Chávez, "hasta las piedras hablen". "Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida es un solo canto".
 Hoy es frecuente, en muchos espacios, que le digan a la gente, si vas a criticar, antes propón la solución. Es una poco sutil manera de decir a quien pudiera criticar que se calle, no opine; porque solo aquellos que, ante un problema, pueden elaborar una solución deben hablar. Olvidamos que los problemas mayormente los padecen quienes no necesariamente pudieran hallar la solución adecuada,  sino otras personas; las más débiles. Serían estas entonces, las más de las veces, llamadas a plantearlos, porque los sufren.
            No obstante, toda crítica envuelve una propuesta. Si opinas sobre el mal funcionamiento de algo, ya estás proponiendo se corrija. Es posible que personas no tengan la propuesta adecuada para resolver un problema pero hasta por la misma piel perciben que este existe y es necesario abordarlo. O no es difícil, porque les atañe, es su problema, que los seres comunes lo detecten, cuando otros no, porque no es suyo, y el sólo señalarlo supone una proposición. De manera que no hay denuncia, crítica, observación sobre un asunto que no vaya aparejado con una proposición.
           Si los seres humanos tuvieran que abstenerse de hablar, criticar sobre los asuntos que les conciernen y afectan porque no tienen un proyecto elaborado, parece que de eso es de lo que se trata, la sordera del Estado y las personas responsables de los mismos aumentaría. En ese caso, estos se escudarían “en la incompetencia de la gente” para criticar para no hacer nada. Si no me quejo por la inflación, por la inoperancia de la policía en cualquier entidad federal, gobierne derecha o izquierda, porque no tengo una proposición técnica para abordar esos asuntos y esto me inhabilita como ciudadano y persona acosada por ellos, soy de paso responsable de los mismos; no quienes los generaron o son responsables directos y deben resolverlos o minimizarlos.
            Estas cavilaciones vienen a cuento porque, como es habitual, hoy casi al mediodía, por una radio de la red estatal de radiodifusión, un par de jovencitos se hacían eco de esa consabida y repetitiva frase. Es su trabajo, abordado justamente de manera acrítica y en un ejercicio de solidaridad mal entendido. Pero sucede que ese mismo discurso lo pronuncia la derecha en sus espacios y en donde los problemas son de su directa competencia.
          “Si no tienes una propuesta a mano no critiques”. “Antes de hablar elabora tu proposición para resolver el problema”, decían los dos muchachos de ambos sexos y mutuamente se felicitaban por tener en la mano “la bolita del mundo” o “el rábano por las hojas”.
         Lo contradictorio de este juicio, el de los muchachos de la radio aludidos, es emitido supuestamente desde la perspectiva de la izquierda venezolana, echando por tierra aquella audaz y bella prédica del “zambo de Sabaneta” que decía “hasta las piedras hablen”.
         Entonces para hablar, opinar y criticar algo desde la óptica que “hay que cambiar”, es necesario tener todo un proyecto a mano; “elaborado y sellado”, como decían los cieguitos que vendían cuadros del cinco y seis.
         Así la crítica estaría vedada a la “gente de a pie”, al “pata en el suelo” y solamente podrían opinar los ilustres, los capaces de elaborar planos, determinar la acimut y saber exactamente por dónde le entra el agua al coco.
       Entonces no vale quejarse de la inflación, discrepar de las políticas económicas, así tu sueldo no te alcance para mucho, si no tienes a mano un elaborado plan para abordar ese asunto.
         “¡Cállate! ¡Deja eso en manos del Estado y sus lumbreras!”.
        De paso “atente a las consecuencias”.
         Lo lamentable es que estas lumbreras no saben cuán duro muerde la inflación, para ellas es sólo cuestión de cifras y barras pintadas en una cartulina.
        Si lo pensamos bien, es una actitud o idea proveniente de la derecha, y esta como dijimos, la usa en abundancia, pues no reconoce el derecho a opinar de la gente común; lo que implica negarle la crítica, el no estar de acuerdo, lo que de por sí ya es una propuesta, al humilde hombre quien por el solo existir, tiene ideas de las cosas. Lo que la derecha, las clases dominantes no le reconocen al pueblo es su derecho a quejarse, por lo que para ejercerlo no necesita tener a mano un proyecto expuesto en un plano o manuscrito. Pero en la derecha eso es común, como lo es en quienes no siendo de derecha o no proceder de ella, llegan al refocilamiento o mejor al burocratismo.
        Está bien tal procedimiento cuando tratamos con técnicos, expertos que están en capacidad de acompañar sus críticas con las adecuadas soluciones. Además, se les paga no únicamente para detectar y racionalizar problemas sino para elaborar soluciones y patentizarlas. El empresariado, suele exigir a sus gerentes, que antes de acercárseles a enunciar una crítica o falla en el proceso productivo, deben traer la respectiva respuesta a fin de ganar tiempo y ahorrar recursos. Además es su área de trabajo y responsabilidad específica; nadie mejor que ellos para eso. Pero si extiendes a la sociedad toda y su informalidad operativa tal concepción estarías negándole a la gente su derecho a opinar, lo que implica restarse millones de ojos y conciencias que otean en todos los espacios y lo que es más, mutilando eso que Aquiles Nazoa llamó “las fuerzas creadoras del pueblo”.
           Sería maravilloso que cada ciudadano elabore una propuesta ante todo lo que critica, pese al engorro que eso podría significar, pero establecer ese proceder como una condición para el ejercicio de los derechos ciudadanos, estaríamos contraviniendo hasta los deberes de las gentes y las prédicas de Chávez. Pero lo que es peor aún, negarle a un revolucionario el derecho a la crítica es cortarle alas a las mariposas.
            Se trata de un proceder que en ciertos espacios es útil para ganarle tiempo al tiempo, habiendo voluntad, pero la constante prédica, de si no tienes a mano una propuesta elaborada no critiques, no es más que una práctica destinada al anquilosamiento de la gente toda, empezando de quienes la promueven. Es hasta una contravención del derecho a opinar.

MINISTRO OSORIO, POR RE O POR FA, DEBE RENUNCIAR. CASO BICENTENARIO BARCELONA




ELIGIO DAMAS

            Pienso que con indulgencia, aunque con rabia, el presidente Maduro habló de unos culpables que por allí no estaban, por el desastre, abandono, estado de ruindad del Hipermercado Bicentenario de Barcelona.  Maduro lo supo y creo eso fue el motivo de su mayor disgusto.
            Digo “que con indulgencia”, porque si bien es cierto que los ahora detenidos gerentes de la tienda mencionada, sin duda alguna tienen una enorme responsabilidad en lo sucedido, también allí mismo, cerca del presidente Maduro, rodeándole, estaban personajes que tienen también su culpa por negligencia, ineficiencia, indiferencia, hasta ceguera y sordera.
           Cuando Maduro habló del lamentable estado del mercado Bicentenario e hizo mención, que ese mismo día, advertido por denuncia de una señora, envió al Ministro Osorio, de cuya gerencia depende el asunto denunciado y se exhibieron unos videos, en los cuales pareciera decirse que era la primera vez que este funcionario allí llegaba y primera noticia que tenía del asunto, me quedé perplejo. Pero aun así, pude percibir por televisión, ese funcionario se sintió por demás incómodo y creí escuchar una tenue voz que decía: ¡trágame tierra! Creo haber advertido en él un profundo deseo de estar en ese momento en cualquier parte y no allí.
            La incomodidad de Aristóbulo fue notoria. No supe interpretar el gesto del gobernador; habría que saber muchos pormenores sobre el asunto para juzgarlo, como también al Alcalde de Barcelona, quien no estaba cerca de Maduro para el momento. Pero bien sabemos que por omisión también se peca.
            El lamentable estado de ese abasto es de vieja data. Comenzó hace tiempo; no mucho después que fue expropiado al consorcio francés, cuando se llamaba Éxito.
            El deterioro de las neveras, conservadores o sistema de enfriado comenzó unos cuantos meses atrás, por no decir años, lo que no sería exagerado. El mal servicio, empezando por la higiene del local, los baños y la escasa oferta, carritos inservibles y asquerosos, también se viene arrastrando, como dicen en Cumaná, “desde los tiempos de María Castaña”.
           Las denuncias han sido abundantes. Hasta este cronista, en este medio y otros del periodismo impreso, habló del asunto. No porque alguien me contara, sino porque desde antes de pasar a ser propiedad del Estado, era mi sitio preferido para hacer el mercado de mí casa, hasta que se volvió más o menos el desastre que exhibieron en la televisión. Pero pese eso, no había habido hasta ahora, ningún mortal que tomase eso en serio o asumiese el problema de conformidad a su dimensión y por los merecimientos de la gente.
         Pero hay algo más grave; en declaraciones dadas por el propio ministro Osorio, se dice que desde agosto se bajaron los recursos para hacer las reparaciones, mejoras que demandaban las circunstancias y al parecer, los encargados aquí de manejar el asunto pararon la obra. ¿En todo ese tiempo que hizo el ministro Osorio? ¿Fue ahora, este miércoles 22 de abril, casi siete u ocho meses después, de haber “bajado los recursos” y porque le envió el presidente por denuncia de una señora, cuando acudió a supervisar una tarea que es de su incumbencia?
            Todo el mundo en Barcelona y Puerto La Cruz, sin mencionar las personas que por aquí pasan, sabían del triste, lamentable y mugriento estado de ese mal llamado “Abasto Bicentenario”, desde hace tiempo. Llegó al estado que está ahora porque la indiferencia y desidia son de muy vieja data.
            Pero ¿no lo sabían las autoridades competentes? ¿El gobernador, el ministro Osorio desconocían eso?
            Supongamos que el ministro Osorio no lo sabía. Se enteró esa mañana del miércoles porque le mandó el presidente por la denuncia de una ciudadana. Denuncia de un secreto a voces.
             Pero ¿No estaba el ministro obligado a saber de aquello, sobre todo de un asunto tan grave que aquí todo el mundo conocía? El mismo ha dicho que “se bajaron los recursos desde agosto”. ¿No estaba obligado a supervisar el destino de esos recursos? ¿A cuidar que los ciudadanos de Barcelona y su entorno tuviesen a tiempo ese servicio a su disposición que tanta falta hace ante la cruenta guerra económica?
            ¿Si eso pasó en Barcelona no es factible o viable pensar que lo mismo pudiera estar pasando en otras partes del país?
            ¿Para qué hacen falta los enemigos?
            Esta tarde, desde Cumaná, el presidente anuncia que han sido detenidos los gerentes de la empresa estatal que estamos mencionando. Se les acusa de la responsabilidad de lo acontecido; uno supone que es el no haber cumplido cabalmente en lo de invertir los recursos que les bajaron para poner el abasto en buenas condiciones y al servicio del pueblo; también se dice que vendían fuera las mercancías destinadas a los clientes del negocio que gerenciaban. Siendo así, estaría bien se les aplique la Ley.
           Pero también es cierto que la responsabilidad por omisión, ineficiencia de la más alta gerencia, al nivel de ministerio respectivo, es obvia.
            Los hechos, exhibidos en televisión, como un ministro aparentemente asombrado viendo aquel desastre y estado deprimente, pese “que los recursos se bajaron desde agosto”, revelan el grado de descuido suyo. Aunque el ministro diga, como parece decir, “yo no sabía nada”, su culpa es inexcusable.
           Pero sería bueno que el presidente aprovechase las circunstancias para mandar no al propio Osorio, sino por otros medios y personas, a averiguar el estado de mercales y pdvales, donde campean tristeza y escasez.
           En estos casos, en Cumaná hubiésemos dicho “por RE o por FA”, el ministro Osorio, debería pedir disculpa y presentar ipso facto su renuncia.

miércoles, 22 de abril de 2015

RAFAEL ISEA Y OBAMA, EL HOMBRE DE LOS MIL ROSTROS




ELIGIO DAMAS

            Si bien es cierto que siendo carajito se la jugó con Chávez, en aquel alzamiento del 4f contra CAP, posteriormente pensó debía cobrar bien caro su “sacrificio”.
            En casos como el suyo, en mi barrio allá en Cumaná, solíamos decir el “coñito” vino al mundo bendecido por la “Verónica”. Hasta “nació con su arepa o torta de casabe bajo el brazo”. El podría haber sido hasta aquel “Panchito Mandefuá”, quien “fue a cenar con el niño Jesús”.
            Después de los sinsabores que para él significó restearse con aquel soñador de Sabaneta, cuando este entró a Miraflores por la puerta más grande, una inmensa que le abrió el pueblo en las elecciones de 1998, la vida para Isea se volvió un nicho de rosas y un solo recibir a cambio del breve e incómodo pasado. Del comandante bondadoso y quizás excesivamente permisivo con quienes siempre cerca de él estuvieron y demasiado exigente y desconfiado de quienes no conocía, pese tuviesen un expediente glorioso, recibió todo; tanto que pese su juventud, quizás ese fue el error “del comandante eterno”, se le llevó en ascenso como globo lleno de helio. Cuando, como también dicen en mi pueblo, se le podía ver leche materna escurriéndose por las comisuras de los labios, fue nombrado nada más y nada menos que ministro de finanzas. Funcionario encargado de vigilar los reales; un cómo poner perro a cuidar carne o un gesto inadecuado que consistió despertar en el “muchacho” la tentación por aquello abundante, no suyo, pero que internalizó “mucha falta me hace”; además, “para algo se había jodido tanto”.
            En unas elecciones de gobernadores se le premió poniéndole de candidato en un Estado donde que ganase el chavismo “era más fácil que pegarle un tiro al suelo”. No hacía falta hacer campaña. Es decir, eso también se lo pusieron al gusto, para que no se jodiese tanto, como ya lo había hecho en el alzamiento del 4f. Siendo gobernador, uno escuchó o leyó con insistencia que Isea estaba haciendo cosas indebidas; pero nadie le paró a aquello; es más, quienes tuvieron la osadía de decir algo, como suele suceder, no solamente se les ignoró en la denuncia, sino pudieron, eso es frecuente, condenarles al ostracismo, no enviándoles fuera del país sino colocándole en la lista de los vetados para todo. Igual que ahora, todo el mundo en Anzoátegui sabía la tragedia del Abasto Bicentenario de Barcelona, menos Aristóbulo y el ministro Osorio. Con razón Nicolás Maduro reaccionó y no sin disimulo les reclamó con vehemencia.
             ¡Al fin!, porque como solía decir mi suegra, todos los nudos llegan al peine, descubrieron al “niño bonito” y éste se vio obligado a salir al exterior y como todo demócrata, terminar arribando a EEUU. Hay una película de Chaplin, donde el personaje que interpreta por  gobernante déspota es destituido tras una protesta popular intensa. Sale de su país furtivamente y a la carrera, aunque en avión y al arribar justamente al aeropuerto de Nueva York, expresó con gran satisfacción y alegría:
           “Estoy feliz. He llegado a un país libre donde se aprecia y recibe con afecto a los demócratas como yo”.
           Vainas hondas de la ironía del genial comediante.
          Así, como ese personaje, se sienten todos y entre ellos García Plaza, quien pronto allá le exhibirán como demócrata perseguido por el régimen y por supuesto Rafael Isea, quien según Tareck, actual gobernador de Aragua, donde antes gobernó Isea, ya “se acogió al programa de protección de testigos de EEUU” y en ese país “elabora informes y expedientes infames contra Venezuela”, pese estar incorporado, por corrupto, “al código rojo de Interpol”.
            Obama en el decreto mediante el cual declaró a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria”, califica sujetos a sanción por irregularidades a siete personajes de la vida venezolana, entre ellos a la Fiscal General de la República, Dra. Luisa Ortega Díaz y una serie de funcionarios que a todas vistas afectan los intereses políticos de su país y la oposición venezolana. Son estos, según Obama, delincuentes, sin delito, prueba ni juicio alguno. Pero Isea, Eligio Cedeño y otros tantos como éstos, puestos al servicio de la maldad de la CIA, son respetables ciudadanos, dignos merecedores de respeto y protección.
              Por supuesto esto no es nuevo, el primer caso y no será tampoco el último. Es la conducta habitual de un Estado soberbio, que se coloca por encima del universo todo y se considera, por asuntos de supervivencia, con competencia para juzgar la conducta de todo los hombres del universo sin respetar fronteras ni esa, para él “entelequia”, que llaman soberanía.
             Rafael Isea y otros tantos como él, incluyendo terroristas, son protegidos por el gobierno de EEUU donde el presidente es Obama. Aun así, uno escucha gente, de ambos bandos, justificando a este último con el argumento increíble, que “no son cosas suyas”, pues es “un buen muchacho”, quien tiene por encima todo el poder del capital gringo y otros que le impiden hacer lo que en su intimidad desearía. Lo peor, es escuchar o leer que esas son simples “gazmoñerías” de la diplomacia.
            Lo que en verdad indica todo esto, es que Obama, más que dos caras, como escribió José Vicente Rangel, es el hombre de los mil rostros y por su poder “pisa fuerte”.

CAFÉ EN ÓPTICA BURGUESA. O POR UNA VAINA QUE LLAMABAN CAFÉ




ELIGIO DAMAS


            Nota: Artículo escrito tiempo atrás, como puede deducirlo el lector. Revisando le encontré y en vista al café que los bachaqueros, menos las empresas “socialistas”, le ponen en el mercado, es posible que le hayamos olvidado. Pero como formó parte de nuestra cultura, en un lugar tan privilegiado que era lo primero que ingeríamos al comenzar el día, he querido evocarlo para no olvidemos lo bien que nos hizo.

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           Durante uno de los gobiernos copeyanos de la IV repùblica, el oficialismo derechista llevò a la Càmara de Diputados - recordemos que el congreso lo formaban dos salas, diputados y senadores- un proyecto de ley de naturaleza fiscal que preveìa un fuerte impuesto al cafè.
           Un diputado de apellido Rodrìguez Iturbe, quien por cierto sonò mucho en el golpe de abril del 2002 y luego como integrante del gabinete del fugaz gobierno de Pedro Carmona Estanga o “Pipino El Breve”, muy ligado, sus apellidos le denuncian, a la extrema derecha venezolana, al solicitar aquel fuerte pechaje al producto, alegò còmo razòn que se trataba de un producto, no de primera necesidad, sino casi como un lujo.
          Venezuela, uno nunca se cansarà de decirlo aunque en veces nos dè pena por correr el riesgo se nos tilde de arrogantes, es un espacio que pareciera haber sido una bucòlica y particular creaciòn de Dios. Entre sus virtudes, està la de haber sido, junto a Brasil y Colombia, de los màs grandes productores de cafè. Privilegio que perdimos por la riqueza petrolera y el modelo que nos fue impuesto desde fuera, en nuestras relaciones con la economìa capitalista a partir de la segunda mitad del siglo veinte. Aunque es bueno advertir, que uno de los grandes esfuerzos del gobierno actual, consiste en volvernos a colocar en puesto aquel de productor y exportador cafetalero y cacaotero. Pero ademàs, y seguimos en lo de elogiar lo nuestro, con la mejor buena fe, amor y respeto, los granos nuestros son de una excelente calidad; por eso se cotizan bien en el mercado y la gente nuestra bastante sabe del asunto.
            Aparecimos en el mercado mundial, en los primeros años de nuestra historia republicana, como productores y exportadores de cafè y cacao de excelente calidad y exquisita y abundante demanda. Esos dos granos, en gran medida, definieron la cultura venezolana desde sus inicios. Por eso sabemos de cafè y cacao. Y tambièn, como es natural, somos grandes consumidores de ambos productos.
         Para el venezolano comùn, sobre todo aquel que tiene los pies en la tierra y ancestral cultura, el cafè, le es lo mismo que para el boliviano la hoja de coca. Lo primero que consumimos al levantarnos de la cama, antes de iniciar la diaria faena, es por lo menos “una ñinguita de cafè”. De modo que para nosotros la infusiòn es algo de primera necesidad.
        Por lo anterior, cuando el copeyano Rodrìguez Iturbe, de quien uno no sabe hasta dònde tiene hundidos los pies en la madre tierra soberana, dijo aquello para pedir se pechase fuerte al producto, un diputado se levantò de su silla o curul, como impulsado por una fuerte palanca, para replicarle.
       El ya viejo profesor Domingo Felipe Maza Zabala, economista brillante y pensador profundo, ligado a las luchas de la izquierda y del movimiento popular, dijo entre otras cosas, palabras màs o menos, lo siguiente:
      Es natural que el diputado copeyano califique asì al cafè. Las clases altas no saben lo de tener que mitigar el hambre con cafè. Tampoco que un pan de a locha* y una taza de cafè, suelen ser el desayuno de los pobres de Venezuela. Por eso piensa en el cafè como un lujo que, de tarde en tarde, entre los grupos oligarcas, se toman para amenizar las reuniones.
      Por supuesto, la mayorìa de diputados fue sensible a aquella prèdica y la propuesta fue rechazada. Pero es ùtil la historia para ilustrar como las clases dominantes ignoran, desconocen y hasta rechazan lo que el pueblo bien valora y ansìa, sea por amor, deseo, necesidad o simple sentido cultural.
*”Locha”, fue una moneda que entonces representaba un octavo de la unidad monetaria, el bolìvar. Es decir, era de poco valor.