lunes, 23 de mayo de 2016

¿ROBAR, ENGAÑAR O TRABAJAR? DUDA EN TIEMPOS DE HONDA CRISIS ESTRUCTURAL


ELIGIO DAMAS


            “La patria se construye trabajando”, siempre se ha dicho en los medios publicitarios y hasta en la academia. Para fortalecerla “hay que lavarse el paltó”, se dice en el lenguaje coloquial. Esta es quizás una manera hasta procaz de decirlo, pero en fin de cuentas, como la primera frase, quiere significar que hay que luchar, trabajar duro en todo lo que esa expresión significa pero manteniendo principios de honradez y solidaridad. Para Marx producir en solidaridad era una fórmula clave. No es posible construir una sociedad justa y sustentable sin que medie una alta producción donde aplique el principio de “a cada quien de acuerdo a sus necesidades” pero también su complemento “de cada quien de acuerdo a sus capacidades”. El trabajo es pues el principio y fin de todo. La igualdad se alcanza trabajando en medio de unas relaciones justas y esto empuja la productividad a altos niveles. En Cumaná solíamos decir, “cada quien tiene algo que aportar, aunque sea el aire de los pulmones”. Frase aplicable cuando hacíamos un sancocho y faltaban muchas cosas, hasta quien soplase la candela.
            Pero también desde niño uno ha escuchado cosas como aquellas:
            -“ Si no hay “lial”, no hay lopa”, frase que repetían los chinos que hacían de lavanderos en las orillas del Manzanares a la altura de San Francisco. Claro, esta expresión denota en cierto modo principio de solidaridad, intercambio honesto, “dando y dando”. Así funciona la economía y las normales relaciones sociales.
            -“La plata es la grasa que afloja todo tornillo”, también sentenciaban en mi tiempo y a ella se le daba el rango de frase sabia, para otros era expresión irónica y mordaz.
          “Pendejo no llega lejos”, le decían a uno en todos los espacios; no para estimularnos a estudiar, crecer, sino que tomásemos como ejemplo a los rapaces. No pararle a aquello que dijo Benito Juárez, “mis derechos terminan donde comienzan los del otro”. Por aquello, no por esto último,  P………., le robaba los útiles a sus compañeros del Liceo A. J. de Sucre, mientras disfrutábamos el recreo para luego venderlos. Ya graduado llegó a ser, nada y nada menos, que jefe de compras en un ministerio.  Por eso, cuando posteriormente hablaron hasta con admiración sobre su conducta y vida dispendiosas a uno aquello no sorprendió. Como dije, desde muchacho se preparó para las carreras de fondo o “llegar lejos” y seguro, que sepa, nunca le “agarraron con las manos en la masa”. El carajo siempre fue relancino. Pero, como se dice, la bonanza económica y la gripe son difíciles de ocultar
            El señorío, la sabiduría y el tronío, como dicen los andaluces, están asociados a la plata; pese que otro refrán diga, “el hábito no hace al monje”.
            Un país, sociedad o economía no se construye sólidamente haciendo trampas, robando, especulando, acaparando, contrabandeando y menos bachaqueando. Claro, quienes en esto incurren, que incluye una amplia gama de agrupaciones y personas, moralmente se justifican en lo mismo. Ellos si creen y les creen que sus conductas no sólo son buenas sino dignas de imitarse. En el individualismo y deseo de sobresalir, lo que incluye acumular más allá de lo que se puede,  todo eso vale. Esta conducta de hacerle trampas a la vida, vivir de lo mejor, dando muy poco a cambio y hasta haciendo daño, por encima de quienes de verdad trabajan y se preocupan, la practican personajes repartidos en todas las clases sociales. Los pranes gozan de gran prestigio porque han alcanzado “el éxito” anhelado de acumular dinero y hasta poder indebido y ajeno al “Contrato Social”, por eso así les llaman. Lo que sucedió días atrás en Margarita, cuando los “privados de libertad”, eufemismo que poco me gusta porque les trata como víctimas, rindieron honor a un “Pran” muerto con una balacera descomunal, habla de aquello. Ahora mismo, cuando se habla de “El Picure”, por la resonancia que se le da al personaje, cualquiera piensa en alguien de mucha significación; hasta con ironía le comparan con aquel Robin Hood medieval inglés.
            Es casi un lugar común asociar las grandes fortunas a hechos delictuales de distinta naturaleza; grandes fortunas y familias poderosas como los Rockefeller, usualmente están asociadas a hechos fuera de la ley; y más ejemplos de eso abundan. Pero pese eso, a quienes en ellos están incursos se les admira y tiene como grandes personajes. Todo eso porque la sociedad no admira el trabajo, sino al dinero. Es un gran pendejo quien se mata trabajando sin ganar real. Médico bueno es quien se hace rico medicando; se es malo por pendejo y nadie le busca aunque sea un sabio. Verle sin lujo hace suponer que nada sabe.
            Los empresarios, como Donald Trump, para no nombrar otro y se piense que este esfuerzo tiene fines partidistas o intención de descalificar a alguien por la conflictividad que ahora hay en Venezuela, deben más su prestigio a la cantidad de dinero acumulado que a las cosas que hacen. Es poco probable que hayan creado obra de arte, en alguna de las tantas manifestaciones que de este existen o promovido algo en favor de la especie humana, porque si así fuese,  el hoy candidato presidencial gringo no hiciese su campaña política destacando que ha amasado una fortuna aproximada a los 8 mil millones de dólares. Sólo que no da detalles de cómo. Sus posiciones políticas que incluyen racismo, ultranacionalismo, que no debería ser del gusto de quienes no quieren patria, y consecuencialmente su manifiesto odio contra los inmigrantes, sobre todo latinos, revelan su poca sensibilidad y bajo nivel intelectual. El común de la gente admira eso. Picasso es más famoso ahora porque sus obras valen en el elitesco mercado  del arte millones de dólares. Es probable que una mayoría no sepa que significan el “Guernica” y las “Damas o señoritas de Avignon", en la pintura y percepciones políticas del gran pintor malageño, creador del cubismo, pero si en cuánto se cotizan en el mercado, pese que esa información no suele hallarse en las revistas o “Mercado Libre”. Reverón, con todo el valor intrínseco, creatividad de su obra pictórica sonó a los oídos de la multitud venezolana, cuando un cuadro suyo se vendió en una subasta en Nueva York por centenares de miles de dólares. Es posible que casi nadie sepa valorar la actuación de un notable artista del canto, teatro, cine pero si cuánto ganó en cada oportunidad o la cifra que acumuló a lo largo de su carrera. Ahora mismo acaban de hallar un cuadro de Caravaggio, pintor romano del barroco, de las primeras décadas del siglo XVII, en una oscura buhardilla, sin duda porque quienes allí le abandonaron no supieron nunca, no sobre el pintor, sino qué precio tenía en el mercado.
            La sociedad capitalista donde nos hemos formado no da valor al trabajo, ni siquiera importancia al de cada quien. Lo que importa es cuánto te produce lo que haces. Hasta suele suceder que si pintas, escribes o impartes clases, enseñar a aprehender, no significa nada si cobras poco o nada, lo que es habitual en esas ocupaciones.  Somos tan absurdos, que sí alguien por bondad o deseo de servir, presta servicios a muy bajo costo, automáticamente le calificaremos de “pirata”; mientras al verdadero acudiremos a pagar lo que nos pida. Por eso dije una vez, todo maestro de escuela, por muy valioso que sea su trabajo, nunca gozará de prestigio porque su limpieza lo diluye. A nadie la interesa la calidad de lo que hace. A menos que se vuelva mercancía costosa o se venda por montones. Nunca olvidaré cuando Pedro Berroeta, periodista, escritor dramaturgo, autor de las novelas “Leyenda del Conde de Luna”, premio Cámara Venezolana del Libro 1956 y “El espía que vino del Cielo”, solía decir “si vas a dar una conferencia, publicar un artículo en un diario, cobra aunque sea un bolívar”. Decía aquello por la internalizada cultura según la cual escribir, disertar, no son trabajos; y no lo son porque ellas no dan real; es más, los diarios, salvo contadas excepciones, por compromisos de otra naturaleza, no pagan a sus columnistas. A estos se les llama como “religiosamente”, solaboradores. Sólo cuando el escribir da bastante dinero, el escritor, pintor, se vuelve importante y lo que hace se convierte en trabajo. Porque el trabajo se le asocia a la idea de producir real. Entonces robar, estafar, acaparar, contrabandear, chulear y bachaquear son trabajos. Tanto que quienes esto hacen, como Donald Trump se vuelven atractivos, famosos, adorados, como cualquier “Pran”. Estos son líderes de grandes masas.
            Puedes escribir un maravilloso cuento o magnífica poesía y nadie dará nada por eso. Pero llénale una planilla, apenas rellena un formato, a alguien para hacer alguna solicitud y pagará con entusiasmo a menos que te excedas cual bachaquero.
            Es común práctica en nuestra cultura que alguien nos pida le escribamos un discurso, un trabajo con fines de grado o cumplir un trámite – en el pasado era muy usual una carta de amor –, lo que podría ocuparnos bastante tiempo,  sin que el beneficiado se sienta por lo menos obligado a preguntarnos “¿cuánto le debo?”. Pero también pensar cobrarle, sólo eso, produce la sensación que estamos cometiendo delito. Porque sería como pretender cobrar sin trabajar; hasta quien escribe está como convencido de eso. Si logra que le publiquen se siente agradecido.

            Acumular dinero, no solo hace famoso a quien eso pudo, sino que induce como automáticamente a pensar que se mató trabajando. ¡Sorpresas que da la vida!

viernes, 20 de mayo de 2016

¿BOLÍVAR, PRECURSOR DEL ANTIMPERIALISMO? ¿ESO ES ESTRICTAMENTE CIERTO?

ELIGIO DAMAS

            No sé. Solo soy un insignificante profesor de historia egresado de una universidad de segunda o tercera en un país que antes era subdesarrollado; otros por zalamería le llamaban en vías de desarrollo y unos poetas, sumamente soñadores, le han llamado potencia. Lo cierto es que es como es y es que hasta ahora mismo, como decimos en lenguaje coloquial, hasta el modo de caminar es importado y, en este momento, cuando carecemos de dólares, salvo para pagar los intereses de deudas cada cierto tiempo, que son como muy frecuentes,  para aquellos lujos, como el de caminar, andamos cual “Chencha”, pata cambá. Luchamos desde muy jóvenes, hasta cuando fuimos docentes, contra el rentismo e imaginamos algún día llegaría un gobierno que intentaría cambiar aquel destino trazado con el reventón del primer pozo petrolero, y los designios imperialistas,  pero ¡qué decepción!, dado aquel sueño, llegado el comandante Chávez al poder, cuando creímos se daría inicio aquel cambio que se planteaba como urgente y primordial, atendía a la contradicción fundamental, se nos vino el tiempo encima y una nueva era en lo que respecta a los negocios petroleros, con una espantosa caída de los precios del hidrocarburo y sólo por esto, dieciocho años después, nos percatamos que aquella tarea postergada, de nuevo se nos plantea como urgente, sin que nunca hubiese dejado de serlo. Pero lo que alarma y descompone, es escuchar a la dirigencia como si eso así tenía que ser; debíamos según el parecer de ella llegar al borde de este precipicio para iniciar una tarea indebidamente postergada, no por la derecha, sino por quienes estaban obligados a empezarla desde el instante mismo que accedió al poder. Según la voz oficial, no debió ser cuando nadábamos en la abundancia sino ahora que estamos en la carraplana; es decir, cuando estrictamente obligados porque de lo contrario nos hundimos en un precipicio mayor. Es extraña esa estrategia, explicación, justificación, no sé cómo llamarla pero es cierta.
             También hubo quienes nos llamaron, desde la izquierda, dependientes y colonizados; muchos izquierdistas de esos se fueron para  la derecha, quizás como cansados de esperar, decepcionados creyendo que el día de cambiar nunca llegaría, olvidando que hasta Simón Díaz, en “Caballo Viejo”, que no es hablar de Marx y “El Capital”,  advirtió que eso no “tiene fecha en el calendario”, pero es una verdad irrefutable.  
            Un docente, no puede darse el lujo de hablar enredado. ¿Cómo un profesor de historia, a esta altura del desarrollo de las Ciencias Sociales, nos pueda o deba decir que Cristo fue antimperialista, anticapitalista, como tampoco asegurar que Bolívar fue eso mismo? Eso está bien para las algarabías, días festivos y discursos para alentar a la multitud y como recurso político para decir algo en contra pero sin dejar nada sustantivo. Son frases convencionales que nada aclaran y aunque usted no lo crea, pueden causar daño o confusiones. Es un disparate como el de Manuel Rosales cuando ubicó a Voltaire antes de Cristo. No era posible ser antimperialista si no existía el antimperialismo. Tal título podría dársele a Lenin, ni siquiera a Marx. Igualmente nunca Cristo pudo ser anticapitalista sino tal sistema no existía.
             Lo que El Libertador conoció fue la etapa del capitalismo mercantil, cuando unas mercancías se trasladaban de un sitio a otro y luego, pudo todavía, presenciar la era del liberalismo económico. Es la época de los imperios, de cuando un Estado se anexaba por la fuerza un territorio que le era ajeno para explotarle incluyendo a su gente, extrayendo materias primas y productos como café y cacoa e introduciendo toda la mercancía a la que tenían acceso a precios exhorbitantes. Aquello del “Laissez fairez, laissez passer”, “dejar hacer, dejar pasar”, que todavía subsiste como aspiración del capital y tiene de ejemplo al ALCA, era fórmula del capitalismo en su todavía etapa primaria. Es la era de aquel acontecimiento que se llamó “Revolución Industrial”. Imperialismo es otra y posterior cosa. La tesis de la conversión del viejo capitalismo en imperialista la formula Lenin en 1916, setenta y seis después de muerto Bolívar.
            He leído por tercera vez el excelente libro del cubano Francisco Pividal, “Bolívar, precursor del antiimperialismo” y veo el título como un poco exagerado o inapropiado, demasiado profético. Y en las Ciencias Sociales, como en toda ciencia, no es pertinente darse ese lujo. Una cosa es la poesía y otra la historia.
            Plantear el asunto de manera que imperio aparezca en el discurso como semejante a imperialismo, es dejar los cabos sueltos y fáciles para que cualquiera desate y deje la embarcación al garete.
            Además, la propuesta bolivariana de unidad de los pueblos de América meridional, se corresponde cuando en EEUU, contra quien estaba formulada sustancialmente ella, predominaba el esclavismo. Pero la suya, la de Bolívar, envolvía un proyecto como el del norte, que a partir de 1816 se vuelve en el discurso antiesclavista por razones de ganar fuerzas y la experiencia del fenómeno Boves. Ya en la Carta de Jamaica, antes de la entrevista con Petión, en Puerto Príncipe, plantea como aspiración republicana lo relativo al abolicionismo; no es sustentable decir que fue por atender una aspiración del presidente haitiano y como a cambio de su ayuda, pues parece un simplismo y descalificación de El Libertador. “La Carta de Jamaica” desmiente esa versión que supone a un Bolívar distinto a lo que fue.
             Llegado aquí, debo advertir que estas cosas de imperio, imperialismo y abolicionismo, en relación con la vida política de Bolívar no tienen nada que ver con Pividal y su libro. De estos, sólo he hecho referencia crítica al título.
            Lo que nuestro máximo héroe epónimo planteó fue la creación de una gran Confederación que sumase territorios, unificase mercados y constituyese un bloque para competir con el del norte, lo que no cabe duda que, en su tiempo, solo podía percibir  como necesario, un visionario como él.  Es como muy fantasioso agregarle, para no decir inventarle, otras aspiraciones a aquel hombre genial. Además, aquella frase “¡Qué bueno que el Itsmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!”, hace referencia a una experiencia, de las tantas, como lo anfictiónico, que el gran caraqueño tomó de aquellos pueblos. Alejandro Magno, el creador del imperio macedónico, por cierto entidad en la cual se abolió la esclavitud, relación con rasgos diferentes a la dada en América, generó la unidad de un inmenso territorio bajo un Estado y unificó esos mercados generando entonces una potencia. Es decir, las aspiraciones de Filipo II, padre de Alejando, quien instaló el Congreso en Corinto para unificar las ciudades griegas, fueron ampliadas al máximo por el segundo de los nombrados. De allí sale el concepto de anfictionía que Bolivar hace suyo. Unificar nuestras nacientes repúblicas, crear un vasto territorio con unas naciones federadas, incluyendo la nación centralizada de Colombia, generar mercados y construir una economía, de acuerdo a los tendencias de su tiempo para evitar que EEUU nos engullese y terminado haciendo de nosotros lo que hizo.
            No hay un ejercicio más hermoso en la tarea pedagógica que el maestro que reconoce errores y ante sus alumnos rectifica. “Errar es de humanos”, vieja frase que hasta en latín la pronunciaban nuestros viejos maestros, “Errare humanum est”, como para dar a entender lo sabio de aquel hasta sencillo y humilde acto. Por lo dicho anteriormente, y habiendo dicho que no cuestiono el libro de Pividal, porque es muy bueno, sino el título que habla de un Bolívar precursor de la lucha contra algo que no existía, espero que alguien, pensando lo contrario me ayude a entender lo que ahora no entiendo ni comparto. Por eso, el título está planteado de manera interrogativa. Si es válido, sin duda, llamar precursor de las luchas contra el imperialismo a Lenin, quien con posterioridad a Marx, lo definió como “fase superior del capitalismo, etapa de la monopolización de la economía y la exportación de capitales, lo que lleva envuelta la idea del neocolonialismo.
            Debo dejar claro que cuestionar el rasgo o calificativo que Pividal dio al Libertador, no significa que para quien esto escribe, implique descenderlo de su gloria. No lo es porque por lo que dijimos, él no podía luchar contra lo que entonces no existía. Sólo teníamos enfrente la amenaza de una sociedad capitalista, todavía atrapada en el mercantilismo y esclavismo que intentaba apoderarse de nuestro espacio territorial y mercado, de la misma manera que España quería conservarlo, quizás con una óptica capitalista más avanzada; en lo mismo de los gringos andaba Inglaterra. Tampoco, lo que ya dijimos, pero lo que abunda no daña, nuestro opinión en nada intenta restarle méritos a la obra de Pividal. 

            El propio Pividal dice lo que sabemos, Marx (1818), Engels (1820), Lenin (1870), Mao( 1893), Ho Chi Min (1890) no habían nacido o eran unos carajitos cuando murió Bolívar.

miércoles, 18 de mayo de 2016

LOS ENREDOS QUE GENERA MADURO. REFERENDO Y AN. ¿LO HACE A PROPÓSITO?


Eligio Damas

            Aquello que alguien pretenda ser “más papista que el Papa”, es tradicional en la política venezolana. Es habitual, en la izquierda o en la derecha, de un lado u otro, haya personajes que jueguen tal rol. Unas veces lo asumen de manera calculada para “para arrimarse al mingo” o para bailar más pegado de lo que lo vienen haciendo. Otras es un gesto sólo circunstancial que pudiera ser para lograr algo específico. Pero también puede ser un amigable y hasta sincero comportamiento de solidaridad. Todas esas cosas y más existen en la “villa del señor”.
             Hay un viejo chiste, relacionado con el general Gómez que viene muy a cuento con una de las opciones del anterior párrafo. Según, un muy conocido adulante caraqueño, se le acercó al entonces presidente, por decisión propia y apoyo de EEUU, y le solicitó un favor, una prebenda. Gómez, molesto más que por la solicitud, por la imprudencia, quizás en ese momento no estaba para atender peticiones como esa, respondió con violencia verbal a quien le importunó y hasta solicitó a sus guardianes que a aquél sacasen de sus espacios.
            El adulante, en lugar de sentirse ofendido, herido o por lo menos incómodo, miró de frente a quien de aquella manera había respondido a su pedido, mientras esbozaba una amplia sonrisa:
             -“¡Caramba mi general, cuando se enfurece, más se parece usted al Libertador!”
             Se decía con frecuencia que “al compadre” de Cipriano Castro, le agradaba por demás aquella comparación.  Que le viesen como Bolívar, según se dijo, fue uno de sus sueños.
            Para quien como uno, se pasó casi toda la vida en un aula, rodeado de muchachos en los distintos niveles de la educación, era asunto serio que, algunos de ellos, con demasiada frecuencia, de los tantos, hiciese la siguiente solicitud:
            -“Por favor maestro o profesor, ¿podría usted repetir lo que dijo?”
            -“¿Podría usted volver a explicar? No hemos entendido nada”
            Lo cosa se volvía más grave si el docente, al intentar verificar la pertinencia del reclamo o solicitud, preguntando a los alumnos o usando algún  otro recurso usual y apropiado comprobaba que, en efecto, todos o casi todos, “habían quedado en la luna”. Digo casi, porque hasta en esto había y hay de aquellos como el que se dirigió al general, fingían y fingen haber “visto todo clarito”.
            Por supuesto, como alumno y docente que fuimos, conocimos de sobra casos en los cuales el docente respondía aquello con gesto represivo y ni siquiera consideraba la posibilidad que hubiese cometido una falla comunicacional.
           Es como demasiado frecuente que aparezcan personajes, tanto miembros del gobierno, alta dirección del Psuv, como otros que parecieran ni siquiera frecuentar esos espacios como simples visitantes, quienes asumen el rol de interpretar al presidente Maduro.
           Ya es habitual, que alguien de entre aquellos, aparezca diciendo o escribiendo que lo que dijo el presidente no es como lo interpretó alguna gente, sino……y se largan sus explicaciones raras, encriptadas y hasta llenas de embelesos. No es extraño que alguien se largue un discurso como sacado de un viejo manual para explicar lo que “mal se entendió”, dejando todo más oscuro de lo que estaba. Las palabras estructura, superestructura, que suenan como si saliesen de un taller de mecánica y mecánicos, se escuchan con el debido estruendo.
            Pareciera pues que en el gobierno hay aclaradores de oficio o gente que asume el rol para ver qué le sale. Es decir personas que están para aclarar lo que el presiden “quiso decir” y la oposición interpretó como literalmente o a conveniencia. Cualquiera pudiera pensar que es mejor que el presidente al hablar cuide, mida las palabras y llame “al pan” con su nombre respectivo y no dejar nada confuso para no darle trabajo a los aclaradores.
            Ahora mismo, por diferentes medios, nacionales internacionales se sugiere y hasta afirma que el presidente Maduro niega toda posibilidad de referendo y hasta amenaza con el cierre de la Asamblea Nacional. Ayer tarde, cuando en una entrevista concedida a la prensa venezolana e internacional, dijo lo que dijo, comenté a mi compañera que el presidente estaba dándole oportunidad a quienes le escuchaban y esos comentarios suyos vertieran a la prensa, de difundir las ideas negativas que antes enuncié. En efecto, hoy por la prensa internacional y distintos medios nacionales y redes sociales se difunde esa interpretación. “Maduro amenaza con negar referendo y cerrar la Asamblea Nacional”, dicen por el mundo los interesados. Y con eso fundamentan la tesis del autogolpe que han venido manejando.
            Sencillamente que una vez más, no sé si por falta de claridad, rigor pedagógico o con estudiada intención, el presidente se refirió al tema de la opción de referendo presidencial, la valoración política que se tiene de la Asamblea Nacional y la posibilidad que quienes la manejan terminen descalificándola y descalificándose ante la opinión nacional, de manera tan impolítica que ha dado origen a que, con sus propias palabras, se difundan opiniones contrarias a él y sus intenciones. Se le mal interpreta porque dio pie a eso. Planteó los asuntos de manera inadecuada y como no está permitido a quien ejerce el cargo suyo.
             Es cierto que el referendo es una opción. El Estado, por su propia iniciativa no está obligado a convocarlo, como las elecciones de alcaldes, gobernadores, diputados y hasta presidencial,  de esa iniciativa deben ocuparse quienes en eso estén interesados. Pero el presidente lo plantea de manera tan confusa que da origen a especulaciones y versiones en contra suya. Como lo de la Asamblea, que de paso ni siquiera debería plantearlo, por dar ejemplo y ganar autoridad para reclamar equidad y respeto mutuo, también lo hizo de manera tan impropia que induce a pensar en una amenaza. O por lo menos, da cabida a interpretaciones torcidas como la que “amenaza con cerrar la Asamblea Nacional”.
            Además, es por demás imprudente que el primer mandatario nacional, empiece a hacer comentarios de lo que pudiera resultar con la solicitud de referendo presidencial, en virtud de los errores cometidos en el curso del proceso de recolección de firmas. Esa sentencia deberá producirse en su oportunidad y por boca del organismo competente que es el CNE.
                ¿Por qué el presidente asume esa actitud? ¿Por qué hace ese juego en medio de lo complicado de las cosas y la sensibilidad de la opinión internacional y el mundo de la diplomacia? ¿Será que el presidente le gusta el juego con cosas que no son para jugarse? Pero bien sabemos que jugar con fuego es por demás riesgoso.

                ¿Acaso el presidente le agrada alborotar un avispero que de hecho ya lo está en demasía o goza viendo como su palabra, sus juicios, dan origen a interpretaciones contrarias a lo que quiso decir o en efecto dijo? ¿Al presidente le agrada que sus intérpretes aclaren lo que si en verdad no quedó oscuro, porque lo que dijo sobre referendo y Asamblea, a nosotros no nos indujo a ninguna confusión, pero sí dejó fundamento para interpretaciones ajenas y hasta contrarios a lo que dijo? ¿Será que él piensa, no sé, habrá que averiguarlo, que teniendo en nómina esos aclaradores debe darles trabajo? ¿O acaso, quiere descubrir quiénes son los dispuestos y leales a salir aclarar lo que no les corresponde? Quizás. Uno debe saber con quién anda. No olvidemos aquello que entre los bagres se mezclan las guabinas. Y al presidente, ya lo aclararé en otro trabajo, quien tiene su estricto concepto de la lealtad, podría servirle ese hablar dejando dudas, como medio para descubrir quiénes son bagres y cuáles guabinas.

martes, 17 de mayo de 2016

ERNESTO VILLEGAS, ATAJA A VLADIMIR QUE ESTÁ LLAMANDO A GOLPE


ELIGIO DAMAS


           .Vladimir debe sentirse feliz. Está alcanzando un nivel que parece haber estado en sus ocultos afanes. Hasta ahora ha subido demasiado para tener tan poca estatura y esa cara de niño triste pensando en un helado con una fresa en el copo. Fue diputado constituyentista por aquellas glorias heredadas de las luchas heroicas del PCV a las que fue ajeno y, otra vez por eso, cuando entró en la lista del MAS por apoyar a Chávez, lo que los políticos ortodoxos, de la vieja y mohosa escuela llaman la cuota. Por lo mismo, como ya antes dije, fue embajador y estuvo allí, en los alrededores, donde los poderosos mandan, a la espera de una seña. ¿Quién sabe? A lo mejor ella no llegó nunca, o lo mandado desde la cueva donde, se refugia el alto mando, por la bulla del público, el atravesar de un vendedor de cerveza con una cava o caja al hombro, le impidió que a él llegase impoluta y le tiró a lo que no debía. O pudo haber confundido la seña con la marca en la cava o caja que portaba el vendedor y se fue para allá.
            Se fue Vladimir con su música a otra parte y encontró otro mecenas. Eso dicen. Tanto parece es verdad que fija la línea del canal. Reclama por él ante el gobierno y aparece como dueño de todos los macundales. Pero antes se prestó para que el gobierno se confiase en los dueños del canal. Es más, habla con una autoridad, por un medio que se presume no suyo, propia de hacendado mandón. Un gran esfuerzo debe hacer tras su cara de marca.
            Vladimir sin dejar su tristeza, porque en los pobres, cuando ella le llega a uno de niño, en el nacimiento mismo por herencia ancestral, está allí como pegada y dispuesta a no irse ni que uno el Kino gane; “quien nace barrigón ni que lo fajen chiquito”. Habla otra vez, no como él, aunque se lo crea y quiere uno crea, sino por otro, porque es una vaina que se pega, los reales pegan vainas que no le vienen a uno de su gente, por la sangre y la crianza. Hay quienes dicen que todo hombre tiene su precio; pudiera ser una mercancía y en verdad, sin generalizar, eso suele suceder..
             Por este otro estado de ánimo de Vladimir, el de jefe reencauchado, ahora mismo toma el canal y, a través de este, la palabra, para increpar al presidente de la república, vainas que si no fuera por la tragedia nacional, movieran a la risa; por lo que dice, como y la cara que pone, que no se avienen. Me da risa, además  por mi tío Matías, aquél hombrón de casi 2 metros con 20 centímetros, cuya voz sonaba como un niño regañón. En los hechos, mi tío fue muy coherente. Era su cuerpo y su voz.
            Dice o dijo, “soy periodista y me es obligatorio actuar en el marco de la imparcialidad”. Es cierto, está obligado a eso cuando informa y pregunta. ¿Pero Vladimir asume de verdad esa actitud en su programa? Si él lo cree, entonces en serio uno tiene derecho a pensar que es bipolar, de esa patología que hablan los psiquiatras. Lo menos que Vladimir sabe hacer es mostrarse como tal en su programa. ¿Y cómo hacerlo? Es difícil cuando se es portavoz de alguien que piensa y quiere otra cosa y, además, se está atrapado por una copiosa propaganda comercial que paga bien y pide lo suyo a cambio. Personalmente le entiendo, lo no que implica justificarle. Como dice una vieja amiga, “ese es su peo”.
            Luego agrega, ¡úpale!, “soy firmante de la constitución y por ello no puedo eludir el deber de decir unas cosas”. Cuando leí eso me desternillé de risa. Sacó el pecho y nos restregó que fue constituyentista, sin decir cómo. Claro, para ser justo, muchos como él, de esto, el cómo, no hablan. ¿Quién se va a ocupar de un palo más en el monte? Pero además, parece reclamar su derecho a “decir unas cosas”. Obviando que cada momento las dice; ¿no será que por aquello de la bipolaridad, pasa por alto que todo lo que dice y sugiere en su programa lo da como dicho por otro? ¿Vladimir cree engañar cuando guía a sus entrevistados opositores a decir lo que quiere contra el gobierno? ¿Cuándo se muestra como perro de presa – sólo es una manida frase – ante aquellos chavistas que califica de segunda?
            Se imagina que habla por sí mismo al presidente; mientras por descuido deja ver la manija del fonógrafo.
           Acusó al gobierno de estar al borde de restringir garantías, como un volver al pasado aquel de “dos te quito una”, para terminar diciendo irresponsablemente, “Aunque todavía no conocemos en detalle  los alcances concretos de estas medidas”. Se refería así al decreto para la extensión de las medidas económicas urgentes y las relativas al preparamiento para caso de agresión externa a raíz de las declaraciones de Uribe. ¿Acaso Vladimir también piensa que lo dicho por Uribe es una simple amenaza o sólo una invención de Maduro? ¿Es ingenuo Vladimir como para desconocer lo relacionado con el ex presidente colombiano y el paramilitarismo? La agresión que pide el mencionado personaje pudiera ser un quitarle una espoleta a una granada. Pero Vladimir ya hizo su condena por encargo. Volvemos al tema bipolar.
            Vladimir como para empatar el juego, está de por medio el asunto del canal, dice que la “Constitución del 99  es víctima de quienes la desconocieron el 2002”; es decir condena los golpistas de entonces, pero se afinca y califica a “quienes gobiernan, en mayor medida, de haberse apartado de ella”. Es decir no señala al gobierno de tener responsabilidad en la crisis económica, en lo que no le faltaría razón, sino de algo más grave que pudiera justificar un golpe; unas presuntas e inventadas trasgresiones a lay y los derechos de las gentes, pues confiesa que juega adelantado. Tampoco hace mención ante la grave crisis, lo que le quita validez a su reclamo, que pudiera ser pertinente, aparte que no es quien para hablarle así al presidente, de los planes nada ocultos del Departamento de Estado, que no es invento de Maduro; Vladimir bien sabe eso y de las acciones a lo interno que tienen que ver con la violencia reiterada y agresiones al bolsillo de los venezolanos. Si eso hiciera, sin tener pertinencia, si razón, porque el gobierno es igualmente responsable en esta crisis.
          Pero mientras pareciera condenar a los golpistas del 2002, baila pegado con ellos. ¡No intentes engañar Vladimir, juegas con cartas abiertas, aun en contra de tu voluntad! ¡Por mucho que te menees……!
          Luego remata ese muchacho de cara triste, que lo es más cuando finge estar serio, siendo portador de voz ajena, “Es mi deber y también mi derecho invitarlo – tome en cuenta lector la palabra como tomada con pinza- a una reflexión para evitar una confrontación”.
          Sabiendo uno el rol que por encargo juega Valdimir, la invitación al presidente, suena a advertencia, condicionamiento y hasta amenaza, no es un consejo y menos un pedido, sino como un recado mandado por quien para eso se presta.
           Es pertinente que Vladimir, por lo que fue, sus orígenes, estuviera en la tónica de discrepar del gobierno, de enjuiciarlo por continuos errores, inhibiciones, permisividad ante la corrupción y como en estado de ambivalencia mientras el venezolano en mayoría padece toda clase de calamidades, pero no en lo que se ha venido mutando, portavoz de quienes antes  adversó y conoce que no tienen nada bueno que ofrecerle a la gente a la que sirvió abnegadamente Cruz Villegas.
          La bipolaridad, hipocresía y lo pequeño son bomba de tiempo que suele en aquellas cualidades esconderse.
  


domingo, 15 de mayo de 2016

A MARIO SILVA ¡CON EL FAVOR DE DIOS!


ELIGIO DAMAS

            Supongo que usted no leerá esto porque “está muy ocupado leyendo tantas cosas importantes” y el combate que libra no le permite distracciones, como me dijo un personaje también con la fama que crea la televisión y otros medios. Pero no importa. No diré que “con la intención basta”, pues eso no está permitido a un maestro de escuela que tiene un alto concepto de la profesión, sino espero que alguien piadoso, no por usted ni por mí, sino por todas las personas que como mis hijos, nietos,  los de mis amigos y los jóvenes de Venezuela, tocan el asunto que comentaré, le llame a reflexión.
            Anoche tuve el placer de escucharle en su programa, por cierto de mucha audiencia y eso es lo importante, lo mismo que me motiva a escribirle esto, refiriéndose a alguien, cuya identidad ahora no es asunto que me interese e incumba, usted le acusó y juzgó, con mucha rapidez, por presuntamente, digo yo, tener de amigo a Nelson Bocaranda. Antes de seguir en lo que me propongo, debo advertirle que a este personaje absolutamente nada me liga; es más, desde antes que apareciera en el mundo de la política Hugo Chávez, de él me había forjado una mala opinión. De modo que el personaje de marras no está en el campo de mi interés; como tampoco está en mi ánimo averiguar exactamente quién es el otro.
             Lo sustancial, que entra en donde se definen los valores de la gente buena y noble, por lo que pensé en mis hijos, nietos, de mis amigos y jóvenes venezolanos, es que usted difunde por un medio del Estado venezolano la idea que quienes militamos en el campo de la izquierda, en cualquier parte del mundo, no podemos tener amistades, “salvo sea su vecino” entre quienes políticamente nos adversan. Es decir, llama, sobre todo a los jóvenes, es lo que preocupa, a ser intolerantes y restarle valor al principio  constitucional y humano a pensar diferente.
            Empezaré por recordarle el fragmento de un poema, de un cumanés a quien siempre he querido y querré mucho, pese fue adeco, llamado Andrés Eloy Blanco, de paso también merecedor de descansar en el Panteón Nacional, desde la óptica oficial y la nuestra, quien en México, desterrado de su patria, algo así como alejado de lo que más amaba, cantó:
            “Por mí ni un odio hijos míos,
              ni un solo rencor por mí.
              No derramar ni la sangre
              que cabe en un colibrí.”
            Eso lo dijo un poeta. Eso se desprende de los ideales por los cuales presuntamente luchamos. El socialismo, si es eso por lo que luchamos, supone el prevalecer de la solidaridad frente al individualismo. El amor por el odio. La generosidad ante la mezquindad. Lo bello ante lo banal. Nobleza frente mezquindad y pequeñez.
            Fernando Díaz Plaja, escribió un libro agradable e ilustrativo, con un enorme contenido de ironía y capacidad crítica, titulado “El español y los siete pecados capitales”, el cual le menciono porque en él hay una historia que tiene relación con el asunto que me ha movido a escribirle, no con ánimo de discrepar de usted ni buscando me responda, con las consecuencias que eso implica sino para como maestro, viejo maestro, ayudar a formar a los muchachos. Cuenta Díaz Plaja que en las tantas trincheras cavadas por el Quinto Regimiento y las fuerzas de Franco, en las calles de Madrid, alguna noche de navidad o fiesta del calendario español, de una a otra, mientras había tregua y callaban los fusiles, se escuchaban diálogos como este:
            -“Oye rojillo”,
            Así gritaba un soldado, incorporado de una manera u otra a las fuerzas franquistas, “al rojillo”, por decir sin más ni más, el comunista, nada de republicano, que estaba en la trinchera de enfrente.
            -“¿Qué os pasa?”, respondía el “rojillo”, que podía sólo ser un republicano.
            - “¿Qué tienes? Pues yo, chorizos, un poco de lomo “embuchao” y unas aceitunas”.
             -“¡Coñó! Estamos completos. Tengo justamente lo que falta hace. Una botella de vino”.
             Aquella conversación terminaba en un acuerdo para que combatientes de un lado se pasasen para el otro a festejar juntos. Aunque al día siguiente continuasen intentando matarse entre ellos.
             Si lo inventó o no Díaz Plaja, lo interesante es entender el sentido, hondo significado humano de aquella anécdota.
              Vuelvo a un personaje que me apasiona, de quien no hago la cita completa y doy los detalles porque tengo flojera de buscar el libro donde se haya los subrayados y las notas respectivas. Y digo “vuelvo” porque muchas veces entra en mis reflexiones. Hablo del Mariscal Sucre, quien antes de la batalla de Ayacucho dirigió una bella carta, digna de los personajes de su nobleza, aquella que le llevó a concebir el “Tratado de Regularización de la Guerra”, firmado entre Bolívar y Morillo, a un general español a quien antes se había enfrentado y estaba por volver a hacerlo, en donde le manifiesta su añoranza para que, una vez terminada la guerra, “podamos reunirnos como buenos amigos y compartir opiniones”.
            El “Tratado” mismo del cual fue autor, es todo un poema en el que reconoce el derecho a la vida, dignidad de los combatientes hechos prisioneros, sin antecedentes en la historia humana. Y es un poema contra el odio que destruye más que los fusiles.
            Es el mismo héroe, no un pusilánime, que finalizada la batalla de Ayacucho, consolidada la independencia del Perú y de la América “antes española toda”, expresa aquella bella, pedagógica, respetuosa y generosa frase, “Gloria al vencedor, honra al vencido”.
            No parece plausible, humano, generoso, inteligente y menos políticamente acertado llamar, de paso por un medio de comunicación del Estado, a quienes estamos en bandos opuestos en la política venezolana de este momento histórico, debamos ser enemigos, intolerantes y odiarnos mutuamente. A menos que se trate de “mi vecino”, como dijo Silva, salvedad que no la entiendo mucho. ¿Será para que no tengamos enemigos en nuestro entorno?
           No es nada de aquello que prodigaron los personajes antes mencionados y justamente porque copia discurso, conducta y toda la cultura que decimos combatir. Es una estrategia reaccionariaa y opresora que intenta que los venezolanos nos volvamos enemigos y entremos en guerra uno contra el otro. ¡Justo lo que quiere el Departamento de Estado!
           Siempre he tenido amigos entre quienes de mi discrepan y están en bando hasta diametralmente opuesto al mío y es más, los seguiré teniendo, mientras eso sea posible. De mi parte no hay razones para que eso no siga sucediendo. Nadie me hará cambiar en eso porque sería una irracionalidad. Suelo decir y no me cansaré repetirlo, que por política, en lo que a mi incumbe, no tengo ni tendré enemigos. Si alguno lo es, eso es asunto suyo y sus odios. Mis amigos opuestos me tratan con respeto, el mismo que les devuelvo. Podemos hablar de política, si eso fuese necesario, aunque no es indispensable y si abordamos esos asuntos, lo hacemos como seres humanos y civilizados.
           Que la derecha venezolana en su alta cúpula y el gobierno no hallen como manejar sus diferencias de manera civilizada, cordial y pacífica, cosa que también entiendo, no es motivo para que esa conducta se traslade a todos los ciudadanos, se individualice y contamine sobre todo a los jóvenes. ¿Por qué, en razón de qué indisponer a los venezolanos unos contra otros?
          Cuando dije con el favor de Dios, no ironizo, ni hago calificación alguna, aunque sea sugerida, sólo ruego para que Mario Silva lea esto, medite sobre el asunto y procure no dejarse llevar por momentos irreflexivos; cuando está, en eso que llaman “el aire”, se carga una enorme responsabilidad y de eso el conductor de “La Hojilla” tiene mucha experiencia. Ha pasado ya por eso. Espero no haber dado la imagen de pusilánime.

        

viernes, 13 de mayo de 2016

CON "LOS ROBERTO", VIVIRÉ UN MUNDO INVENTADO, ROSADO, FELIZ Y SE ACABÓ LA VAINA


ELIGIO DAMAS

            Ahora mismo, leyendo a un articulista de Aporrea quien comentó que suele tomar aliento diciéndose así mismo frases que  según él, con frecuencia utilizan Mario Aranguibel y Roberto Malavé, como aquella de “Rodilla en tierra”, a nosotros que copiones somos desde chiquitos, formados a fuerza de “chuletas”, de aquellas utilizadas para copiarse en los exámenes, se nos ha ocurrido escribir lo que sigue.  
            Había perdido la costumbre de los domingos a las siete en punto de la noche, sentarme frente al televisor a escuchar a “Los Roberto”, humoristas como muy especializados en lo de ironizar contra los adversarios; un poco como aquello de “mono no se ve su rabo”. Todo eso parecía bien en aquel mundo de cuando la riqueza abundaba, nos “morfábamos” con avaricia el inesperado ingreso nacional – aquel de 140 dólares por barril de petróleo –, comprábamos por adelantado la felicidad para consumirla en una sola noche y aquello le asignábamos el carácter de epopeya creativa que estaba construyendo un mundo nuevo, una sociedad distinta y hasta una potencia. Nos dijimos vamos al socialismo y creímos que como los carajitos se compran lo que quieren a costilla de sus padres bien apertrechados, podíamos también adquirir por la vía mercantil un mundo socialista. Ese donde el consumismo fuese la pauta.
            Los contrarios en todas sus versiones gozaban todo aquello por demás, hasta más que nosotros. Sobre todo que el pobre que apenas podía recoger las migajas del festín o los pendejos como uno, incapaces de entender que era negocio comprar entonces dólares a cuatro bolívares y guardarlos, si no en un paraíso fiscal, por lo menos en el colchón. Los jefes de aquellos, los primeros, se percataron que aquel festín podía durar largo tiempo y optaron por dos cosas, aprovechar la abundancia, la permisividad, el derroche, descuido y complicidad de adentro, para sacar de aquí lo que pudieran y comprar a precio de cambio que favorecía a los importadores toda cuanta cosa se pudiese acumular. También, por proponerse recuperar el “coroto”, entiéndase el gobierno, para que aquella abundancia que a ellos llegaba, pero filtraba hacia abajo unas migajas, terminase en sus manos sin ningún goteo, quizás por aquello de “burro amarrao leña segura”. Por eso, pese aquella parranda consumista, inventaron cosas inexplicables como “con mis hijos no te metas”, “te vamos a quitar la carnicería”, “de dos carros te quitaremos uno”, mientras en la vida real nada de aquello sucedía, pero sirvió para ganarse a una clase media asustadiza que “gozaba una y parte de otra” y no se percataba. Estaba en medio del festín como borracha.
            Ante aquella pieza picaresca, “Los Roberto”, muy circunspectos frente a lo que hacía el gobierno, nada de hacerle críticas, todo anda muy bien,  se dedicaron sólo a buscar chistes en los disparates que hacían en la casa de al lado; de cómo inventaban vainas ridículas de las antes nombradas, dislates o disparates de Manuel Rosales y uno, nada perspicaz, creyéndonse muy intuitivo y con el “tercer ojo”, disfrutaba de “Los Roberto”, como quien ve la paja en ojo ajeno. Había razones para estar felices, más con aquellas cifras alentadoras que todos los día nos brindaba desde el INE, nuestro viejo amigo y compañero Elías Eljuri. Además, quien se pone a mirar para todos lados, lo que no es mala actitud, es asunto de precaución, como en  todo corre riesgos, tiene sus desventajas,  y hasta está sujeto a castigos, reprimendas y “cortes de pata”.
           Pero la guerra no convencional, aquella que empezó por las anteriores consignas que percibimos como ridículas, infantiles y propias para reír,  igual que aquello de “Las manitas blancas”, que pudieron haber creado imagen pacifista que serviría para justificar la violencia posterior de las guarimbas y  quizás de “fuente de inspiración” rica a “Los Roberto”, fue introduciéndose con tanto éxito para sus promotores que crearon un escenario en buena medida parecido a los efectos que produce una convencional, con tanques, aviones, fusiles y marines. A Dilma, que como Lula, nunca ha presumido de la audacia de intentar volar al paraíso, la acaban de suspender. Pero de ella, vale destacar que en su discurso defensivo, leámoslo con detenimiento, es por demás muy política, comedida y no incurre en necedades o excesos verbales.
            La verdad “verdadera” nos está volviendo locos a todos. Toda conversación termina, inevitablemente en lo mismo, en llorar o lamentarse hondo por el costo de los alimentos, ausencia de muchos de ellos, medicinas y paremos el llantén. Paramos y nos decimos, olvidemos este drama, cambiemos el tema y basta plantear uno nuevo para que de inmediato caigamos en lo mismo. Estamos permanentemente en eso que llamamos un círculo vicioso.
            La cosa es tan alarmante, los gritos y gestos de desesperación parece permean hacia arriba, tanto como para gente que uno cree buena, bien intencionada, como Pérez Pirela, que desde el 6D para acá viene cambiando un poco su actitud de analista acrítico frente al gobierno, ahora en el programa de “Globovisión a la Una”, haya dicho lo que muchos hemos venido diciendo desde largo tiempo atrás que, en todo esto, gobierno y oposición son igualmente responsables. Hasta Andrés de Chene, empresario pero muy comedido y siempre hasta en actitud defensiva del gobierno ha escrito “No se aguanta más”, por el drama económico y la evasión o el “hacerse el loco” del gobierno. Y se ha dicho todo aquello por qué, en medio de la anterior abundancia, pudiera ser no apropiado ahora repetirlo, basta decir que los segundos, los opositores, simplemente quisieron siempre acceder al poder a “como sea y ya”, causando todos los males conocidos y el primero nunca ha acertado, ni siquiera reaccionado en el tiempo apropiado para responder los ataques y tampoco ha sabido usar las armas de su arsenal.
            Entonces, como uno poco puede hacer para que las cosas cambien y por lo menos podamos “vivir la vida”, sin caer en esos gestos de quienes amenazan con quitarse la ropa, hacerse de héroes para recoger las migajas, llamar a la gente a “hasta las últimas consecuencias”, sin decir nada del qué hacer, sino pedir más sacrificios, no habiendo “Radio Rochela” o el “Programa de Joselo”, que muy críticos fueron, prefiere volver a las noches de domingo en el canal 8 y solamente ver, en toda la semana, el programa de “Los Roberto”, donde uno se introduce en un mundo virtual pero feliz, como rosado. Bastante “que me distraje y soñé” con aquel mundo de hombres fabricados en serie de la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley.

            “Los Roberto” nos inundan de libros, citas de muchos de ellos, restriegan nuestra ignorancia con muestras abundantes de su cultura y estilo mordaz; y sus razones tienen, quizás poco ayuden, según el entender de los desconfiados, pues nunca abordan el asunto de fondo, “¿por dónde le entra el agua al coco?”. Pero eso que hacen, nos llena de optimismo y creer lo que con frecuencia dice el presidente: “Estamos venciendo”. Aunque estemos llenos de moretones.   

ENTRE CHAVISTAS DUROS Y BLANDENGUES, ME QUEDO CON EL MARISCAL SUCRE.


Sin culipandeo

ELIGIO DAMAS

            He leído con mucha atención y el debido respeto, lo que parece “el tirar de una parada”, en momentos que el jugador que la planta, se expone a “jugarse a Rosalinda”, una clasificación de los “chavistas” de ahora, según la cual hay duros y blandengues. Como muy pocos, supongo yo, les agrada estar o les pongan en el segundo grupo, aunque de hecho lo estén, incluso quien la formula por falta de claridad o simple ligereza, habitual entre quienes escriben con intensidad. No para caer en algo parecido a aquello en que se parapetaban los blandos, de proponer, cuando alguien nos desafiaba, marcar una raya en el suelo, justo al pie más adelantado de los presuntos combatientes, diciendo “cada raya que se tiene al pie representa  la madre del otro, pisarla obliga y ordena el ataque”; la medida era buena para que nadie pisara la raya a su pie, pues allí se acababan los guapos y nadie perdía su prestigio. Otra estrategia era cuadrarse, puños al frente y mientras los supuestos combatientes se miraban a los ojos, giraban en el mismo sentido de las agujas del reloj ahora y al contrario más tarde, como danzando, sin que nadie atacase, hasta que alguien tomaba la cosa a risa y optaba por intervenir poniendo fin a aquel “usual” combate. Y ¡quedamos como amigos! Dije “usual”, porque era frecuente; pues nadie se atrevía, y faltaba talento y humildad para ser valiente y declarar que no podía combatir por las razones que fuesen. Más bien, la clasificación chavista enunciada al principio es una como presión al estilo de aquello “quien no esté en esto conmigo está contra mí”. Lo que parece muy simple para abordar asunto tan complejo, sin dejar de reconocer que pudiera ser un generoso, aunque disimulado, llamado a la unidad y al combate contra el imperialismo en lo que sí hay que mantenerse duro.
            Porque es como infantil que en medio de este enorme desafío, donde las discrepancias, no hablaré de contradicciones para no parecer una cotorra, que enfrentan a ese enorme y amplio espectro de la izquierda que solemos aplicarle el cognomento de chavismo, llamemos a resolverlas planteando una clasificación parecida al asunto de la raya o los danzantes. Los duros, los de este lado, uno no sabe tampoco a ciencia cierta donde se halla ese, son los auténticos, quienes tienen la piedra filosofal en mano y la verdad de las verdades. Pero también las bolas; porque este es un asunto de testículos, según esa razón y ordenamiento. Los blandengues, quienes están de aquel lado, tampoco se sabe dónde, son unos traidores o, como decimos en lenguaje coloquial, “una pila de culipandiadores” a quienes les faltan cojones y están a punto de saltar la talanquera.
            Pero esa estratagema no es nada nueva. Quienes siempre quisieron imponer la idea de la lucha armada, aun todavía cuando los hechos mostraban que era algo más que disparate, usaron ese mismo truco. Antes, en otro trabajo, he dicho que un conocido comandante guerrillero, ya muerto y quien en verdad se inmoló inocentemente por creerse duro, acostumbraba a decir de manera muy enfática que “la revolución no era más que un echarle bolas al asunto”. Para él, el “asunto”, era irse para las montañas donde esperaba la gloria a los audaces. Le acribillaron a tiros y todo el mundo sabe en qué paró aquella aventura guerrillera. Allende y Chávez mostraron otro camino, que sí ahora en Venezuela y en Brasil, sobre todo acá anda como anda, no es por falta de armas ni de bolas. Aquí lo que ha faltado es talento y humildad en la vanguardia para corregir errores, escuchar al vocerío, respetar los tiempos y derechos de la gente toda, pese se piense se cubrieron todas las expectativas, y en el momento dado, como dijo Chávez, no dar un golpe de timón, sino todos los que fuesen necesarios.
            Quien estudie sin mucho detenimiento ni detalle el accionar guerrero del Mariscal Sucre, podrá observar que su gloria se la debe más a su talento que sus bolas. El General Bermúdez, un hombrón famoso por sus testículos, combatiente de pecho abierto y encerronas, solía burlarse de Sucre, por eso de las bolas. Pero fue “Toñito”, simplemente “Toñito”, quien se llenó de gloria en el sur y sobre todo en Ayacucho. Cuando fue redactor y principal autor de aquel acuerdo que se llamó “Tratado de Regularización de la Guerra”, documento vital en la historia de la defensa de los derechos humanos, por su contenido, los duros, al cumanés, tildaron de blandengue.

            No sé si haya algo de verdad en lo que digo, bolas siempre me han faltado, tengo un gran sentido de supervivencia, tanto que casi llego a los ochenta años y siempre he estado de este lado, pues he preferido más atender mis razones que a las vísceras. El hombre no aprehende el movimiento por estas, sino a través del raciocinio. Además, con el perdón de quien se pueda sentir aludido, no lo digo por alguien en particular ni intento herir a nadie, “cansados estamos de ver muertos recogiendo basura”.

jueves, 12 de mayo de 2016

¡QUÉ REVOLUCIÓN! RASPACUPOS Y BACHAQUEROS LA MISMA VAINA SON. NO DEJARON NI JERINGAS


ELIGIO DAMAS

            “Volver leña”, como bien sabemos, en el lenguaje coloquial venezolano, significa reducir algo a su más mínima expresión. Es desforestar un bosque de manera total; destruir de manera casi absoluta. Hacer, de lo que antes existió, otra cosa, no solo distinta sino depreciada. Dejar lo que fue un árbol en pedazos para encender candela. Estamos como si por aquí hubiese pasado Atila, aquel llamado “rey de los hunos”, quien según decía “donde pise mi caballo no crecerá la hierba”.
            El petróleo bajó drásticamente después de haber llegado a un límite  casi de locura. Los administradores del país, al parecer, se ajustaron a aquellos niveles de ingresos y comenzaron a gastar sin recato ni medida. Pero no es esta última caída la primera, aunque quizás la más drástica, no por el bajo nivel al que descendió ahora, sino el más alto que alcanzó unos años atrás. Chávez al llegar a Miraflores encontró un precio de siete dólares y mientras maniobró para llegar a que subiese, el país funcionó con dificultades, recortes y apremios, pero marchó.
            Es decir, después de haber disfrutado unos ingresos inesperados por unos pocos años, al producirse la caída, que los pronosticadores, técnicos, especialistas, expertos en vaticinios, brujos o maleantes, debieron prever, nos agarró con el arco desguarnecido, las defensas por detrás de la ofensiva y en la más absoluta carraplana. Mientras esto sucedía la clase adinerada, empresarial, participaba en el festín, no ofrecía ni ejecutaba nada distinto, pues parasitaria es. Y además, no se conformó que el gobierno le permitiese acumular como nunca antes y sacar como con incontinencia dólares al exterior, sino que se empeñó que hasta les entregase el mando. Ahora cuando el petróleo poco vale, empresarios y Estado exprimen a la gente toda. Los primeros especulan sin medida y acumulan ansiosamente con sus importaciones y lo demás. El segundo, al haber perdido, es cierto, una fuente cuantiosa de ingresos, optó por reciclar el dinero que va a las manos de la gente para regresar a él a través de las cuentas del IVA. ¡Cómo celebra el gobierno lo captado por la vía impositiva! Obvia de donde parte esta.
            Nos pasó como al borracho, quien después de haber cobrado la quincena, que fue abundante, se metió una farra sin medida y al día siguiente amaneció, no de bala, como el poema del Chino Valera Mora, sino en la más espantosa limpieza. Se gastó en una sola noche de juerga lo que debía servirle para mantenerse quince días y hasta ahorrar para los imprevistos y el futuro.
            Por supuesto, de esos excesivos gastos, hasta ostentosos e injustificados, tratando que el venezolano alcanzase no el socialismo sino la forma de vida consumista que idealizan los partidarios del capital, justamente para inflarlo, viene parte de esta situación espantosa que vivimos. Revisemos la conducta del venezolano de pocos años atrás. Recordemos las denuncias acerca de los niveles que alcanzamos en materia de importación de cosas no vitales, sino innecesarias. En la casa del venezolano de ahora, de la clase media, tomando esta como referencia porque no tiene dolientes en el proceso revolucionaria y es fácil culparla, sin que nadie se sienta obligado a defenderla atropellándole a uno,  hay por lo menos un televisor, computadora, nevera y hasta congeladora, por persona, cuatro vehículos costosos donde sólo viven dos personas. El capital internacional de la gran industria, y en ello están gringos y chinos, por sólo mencionar esos dos, en ese período de locura nos saturaron de sus cosas. Le dimos un valor al dólar como para atragantarnos una noche. El socialismo se asoció al consumismo y el regreso de aquella cuarta republicana frase, “ta´ barato, dame dos”. Al venezolano le generaron la idea que socialismo era que todo el mundo no sólo tenía derecho, le estaba abierta la posibilidad y hasta el deber de viajar al exterior y comprar más de lo mismo que aquí compraba a una tasa de cambio de locura. Así nació aquella aberrante idea de los dólares preferenciales que tuvo a los bancos repletos de gente con sus respectivas carpetas para que cada quien reclamase y disfrutase “mis dólares preferenciales”. Entonces el número de solicitudes de pasaportes se equiparó y quizás hasta superó al de cédulas. Los pasajes de avión se vendieron como arroz. Todo el mundo quiso viajar para aprovechar “mis dólares” que el Estado “regalaba”, pues la tasa preferencial estaba muy por debajo del valor real de la divisa gringa. Así apareció aquella especie de adelanto de lo que ahora llaman bachaqueros, los conocidos raspacupos. Pero para completar o hacer más esplendoroso el festín, inventamos aquello de la compra electrónica; con esta incorporamos a quienes no podían viajar o no querían “por miedo a los aviones”.
            A aquella locura, de la cual disfrutó todo el mundo, sobre todo los que siempre han tenido ojo zahorí para los negocios, compradores de dólares compulsivos quienes les colocaron en cuentas fuera del país, se unieron los corruptos nuevos, de dentro y fuera de la administración pública, que aprendieron rápido el arte de enriquecerse en medio de aquel festín, donde la mayoría no actuó como tonta, inocente, sino borracho que se traga la quincena en una noche. Mientras los pendejos, los borrachines empinaban el codo y se embriagaban creyendo estar “bien equipados”, los sobrios malandrines, entre ellos consejeros de dentro y de fuera, se llevaron cubiertos, manteles, vajilla toda y hasta la bebida, de la cual como se acostumbra en Venezuela, y como televisores y computadores, la fiesta estaba abastecida en un per cápita calculado en exceso.
            De aquel festín no sólo nos quedó la resaca. El dolor de cabeza, náuseas y mareos; la inapetencia, falta de equilibrio y desgano o depresión, sino más que eso. De repente, aunque en verdad de manera muy cruel, poco a poco, con la misma parsimonia y masoquismo de las películas de terror, se nos ha venido una pobreza inimaginable y desconocida hasta para las generaciones de la tercera edad.
           Un pollo asado, en cualquier local comercial, cuesta el 33 por ciento del salario mínimo. Es decir, con este, apenas se podrían comprar tres de esas aves y vaciamos la tarjeta de débito que debería alcanzar para un mes. Recibimos apenas cerca de doce dólares mensuales por pensión o salario mínimo, si dejamos de caernos a embustes y calculamos tal como lo hacen quienes nos venden las vainas, y no de acuerdo a precios subsidiados ni dólares preferenciales, que solamente alcanzan a un pequeño número de mercancía y que además uno, el pendejo, nunca encuentra, porque “los números se acabaron”.  Pero no es de esto lo que queremos hablar; como tampoco del costo de la comida, ausencia de medicinas de todo tipo sino por haber llegado al nivel del desamparo.
          Desde hace dos días busco, para una de mis nietas que es bailarina clásica, en eso tengo dos, ambas excelentes y perdonen la pedantería, que sufrió un pequeño percance en sus ensayos, tres medicinas indicadas por los especialistas; de ellas apenas hemos conseguido dos, moviendo a unas cuantas personas. En esa búsqueda, me he enterado, porque está dentro del mismo interés y propósito, que hallar jeringas o inyectadoras, como decimos nosotros, es una tarea muy complicada por no decir difícil y tampoco imposible.
            Cuando llegamos a esto, lo creado por la derecha política y sus aliados, las clases que manejan el asunto de la comercialización incluyendo medicinas, que según Eduardo Samán sacan por el Zulia (¿Para dónde se las llevan?) y quienes tienen la responsabilidad que eso no suceda, la gente del gobierno, es necesario pensar lo que vamos hacer. ¿A los venezolanos honestos, quienes no robamos, especulamos, ponemos sobreprecio, no nos resarcimos en cada operación cambiaria, no acumulamos dólares de los preferenciales o comprados a precio de mercado esperando y deseando no “que te pongas más barata” sino al contrario, que subas de precio, que futuro nos ofrecen?
            ¿Qué pensar, esperar de una gente, tanto en el gobierno como en la oposición y sobre todo quienes manejan el capital, que en las actuales circunstancias, cuando todavía formalmente no han estallado las granadas, tronados los cañones, aviones no han dejado caer su carga genocida y la infantería no ha lanzado su grito de “a la carga”, en el país, porque el precio del petróleo ande “apenas un poco por encima de 30 dólares”, no se consiga, además de tantas cosas, las imprescindibles jeringas? ¿Cómo reaccionar si alguien muere porque sus dolientes no hallan una de ellas?
            Hasta en el frente de batalla, el grupo de primeros auxilios lleva de aquellas en número apreciable. Si no, ¿pa´ que carajo están allí? Es tan elemental como portar algo con que hacer un torniquete.