sábado, 17 de diciembre de 2011

EL NIÑO O LOS REYES MAGOS ¿QUIÈN TE PONE A TÌ?


EL NIÑO O LOS REYES MAGOS ¿QUIÈN TE PONE A TÌ?



Cuento que cuento en navidad



ELIGIO DAMAS


La navidad en mi barrio, donde la pobreza absoluta no hizo asiento y reino porque el mar generoso y el manglar le mantuvieron a raya, casi le derrotan, sobre todo para los muchachos, no enterados de aquel singular y como simulado combate, llegaba con enorme carga de felicidad, sueños y alegrìa; con ella, tambièn la disposiciòn para muy buenas cosas aumentaba sensiblemente.
El desconocimiento de aquella singular realidad, el combate por la vida y contra la pobreza, por parte de los encargados de los mandos quedò de manifiesto, cuando su “progreso” de movimientos de tierras, vaciado de concreto y contratos de obras pùblicas, actitud irracional de cambiar el paisaje sin estudios u observaciones previas, destruyò el manglar, fauna marina y engendrò pobreza. Porque es cosa extraña, el “progreso” pareciera destinado a multiplicar la pobreza y generarla donde antes no habìa, sòlo por procurar beneficios a unos pocos. Por eso no es insensato que los pobres del mundo, excluìdos, inteligentes y libres tengan como una tiquiña contra aquèl.
En el barrio el comer no era problema. De prodigar alimentos hasta en demasìa se encargaba el mar y los pescadores, que en cierto modo, èramos todos. En nuestro espacio, nadie sabìa què era la pobreza. Algunos de los rasgos de ella, los que ahora conocemos, estaban distribuìdos por igual entre todos, como los favores generosos del mar. De modo que en el medio nuestro no habìa un punto de referencia para que pudiesemos percatarnos que èramos pobres o que alguien lo era. Porque ademàs, estrictamente hablando, no nos alcanzaba. ¿Còmo podìa ser pobre quièn tenìa allì mismo un inmenso mar con toda una inclaculable riqueza alimenticia y abierto para que lo disfrutàsemos tomando baños a cualquier hora del dìa, segùn el gusto de cada quien? En mi caso, nunca me gustò bañarme en el mar en horas caniculares, ademàs no era para mi saludable, cuando el sol quemaba el agua. Preferìa las horas tempranas del dìa, en la tarde cuando el sol declinaba y hasta en las noches. Tambièn a cualquier hora, pero en un espacio donde el follaje marino, las matas del manglar, brindasen sombras. Lo que abundaba en aquel divino y bucòlico reino nuestro.
¿Teniendo todo aquello, còmo era posible para un niño tener idea de pobreza, sobre todo si aquellos divinos bienes eran de todos? Cualquiera podìa hacer lo mismo y disfrutar de ellos. A nadie estaban vedados. Felicidad, fantasìa, alegrìa y solidaridad nos embargaban. Allì estaban el mar y el manglar, las bases de todo aquello y deambulaba en las horas solitarias, vigilando por nosotros y cuidànnos, el abuelito del mar. El màs generoso, bello y milagroso de los santos nuestros. Algo muy singular, era un dios sòlo nacido entre nosotros, sin iglesias ni sacerdotes que lo hiciesen suyos y pusiesen alcabalas.
Pero con los años, los del barrio, pudimos percatarnos que màs allà, lo que habitualmente llamàbamos el centro de la ciudad, habìan cosas distintas, ocurrìan de manera diferente a las nuestras.
Los niños “del centro”, espacios ocupados por comerciantes de buenos recursos, profesionales, el abogado, mèdico – no recuerdo que hubiese algùn ingeniero o biòlogo, menos ambientalista – propietarios de tierras y productores agrìcolas, quienes vivìan dentro de sus haciendas pero tenìan casa en la ciudad donde residìa la familia, funcionarios de gobierno, como el gobernador y sus subalternos màs cercanos, el dueño del bar de putas de la parte de atràs de nuestro barrio, recibìan regalos la “noche buena”, justo cuando nacìa el “Niño Jesùs”. Entre nosotros era diferente, aquella noche nos acostàbamos muy tarde, jugàbamos incansablemente y tambièn comìamos cuanto pudièramos casi hasta reventar. La cena tambièn era radicalmente distinta a lo habitual. Desaparecìa de la mesa el pescado como misteriosamente, cual si fuese un jueves santo. Hasta el otro dìa, cuando el sancocho de pescado volvìa a asumir su reinado para reponer a cansados trasnochadores. Esa noche de nacimiento, el pastel*, ese plato nacional de carne de cerdo y unas cuantos ingredientes màs, dentro de masa de maìz y a su vez envuelto en hojas de plàtanos, se convertìa en la estrella gastronòmica y, con aquella mestiza, aparecìan unos extraños acompañantes que parecìan surgir de la mescolanza de la difusa memoria colectiva. Queso amarillo, turrones españoles, nueces, avellanas y otras cosas traìdas por Trinidad.
En “el centro”, hacìan màs o menos el mismo ritual, màs abundante y con mayor cantidad de aquellas extraños y furtivos manjares; uno lo sabìa porque muchas de nuestras mujeres trabajaban en casas familiares de allà, por los amigos de los màs grandes que ya se atrevìan en horas tempranas de la noche a visitar aquellos espacios por entrar al cine, conversar en las plazas, escuchar la transmisiòn del beisbol por las cornetas colocadas en los copos de los àrboles màs altos. Pero, esa noche, los pequeños debìan acostarse temprano; es màs, por propia voluntad lo hacìan, porque estaba por llegar el niño Jesùs. Un zapato, como con descuido, se colocaba muy cerca de la cama y sòlo al amanacer - porque niño que no se durmiese, Jesùs le castigaba no visitàndole - despertaban y cerca del calzado se hallaba el regalo otorgado a todo niño bueno. Porque Jesùs, sòlo premiaba a los niños buenos, igual que los Reyes Magos. Llegamos a creer que todos los niños del centro eran buenos, de los malos èramos nosotros, porque a ninguno de ellos, salvo algùn caso raro, Jesùs le dejaba esperando. En cambio, en el barrio era demasiado abundante el muchacho que no recibìa regalo “porque se portò muy mal”. Si indagaba por què aquella calificaciòn de malo le alegaban cualquier cosa abstracta, como “muchas veces no atendiste los buenos consejos” o “¿te acuerdas de aquella tarde que le diste un bolazo al señor Pedro?”. “Pero fue sin culpa”, alegaba el castigado; “pudo haber sido, pero eso fue malo”.
Uno no sabìa, que el mal comportamiento nuestro estaba determinado por algùn rasgo de la pobreza que pese al mar y manglar, nos alcanzaba. Entonces èste, le hacìa a uno malo. Cuando eso nos ocurrìa, ¡que bella era aquella vida!, uno confundido y triste, se comprometìa no a dejar de ser malo, porque no lo era, sino a ser mejores que antes. Cuando recuerdo a mis compañeros màs cercanos, descubro con alegrìa que lo logramos. Hasta llegamos a entender temprano las causas màs hondas del por què el “Rey Mago” de turno unas cuantas veces no nos visitò y asì desentrañamos todos los misterios, descubrimos las raìces màs profundas y encontramos la razòn de aquella ausencia. Supimos muy temprano que no nunca fuimos malos, sino que los fabricantes de sueños para vender y con ellos otras mercancìas, en sus fàbricas de pobrezas inventaban niños malos. Los malos fueron y siempre han sido ellos. Ese no era el reino del abuelito del mar, ni siquiera de “Los Reyes Magos” o del niño Jesùs, sino de un rey violento y avaro que llamaron mercado.
A nosotros nos “ponìan” regalos “Los Reyes Magos”, cuando logràbamos la hazaña de portarnos bien. Gaspar, Melchor y Baltazar, llegaban graneaditos, uno a uno, 5, 6 y 7 de enero. Uno nunca supo quièn era el nuestro. Porque un año nos ponìa Gaspar, pero al siguiente podìa ser Melchor o Baltazar. En veces, tres noches seguidas nos acostàbamos temprano y nos levantàbamos ansiosos, porque nos dejaron para el ùltimo dìa o decidieron que nos portamos mal. De manera que agradecìamos al Rey que nos trajo el regalo, pero no culpàbamos a quien de ellos decidiò castigarnos. Habìa en eso un divino y sutil secreto. No podìa uno calentarse contra uno de ellos en particular, ni con nadie ignorando quièn fue. Ademàs, nuestras madres se encargarìan de dejar aquello en calma, conformidad y bajo juramento mutuo que aquello no volverìa a repetirse. Por supuesto, habìa algo malo en todo aquello, que uno aparte de no recibir regalo se sentìa culpable. Era como un doble castigo. Nuestros padres, en su intimidad, tambièn sufrìan por una culpabilidad que asumìan, sin ser tampoco suya.
Llegò el momento cuando empezamos a plantearnos el por què de aquella diferencia. ¿Por què el niño no quiere nada con nosotros? ¿Por qué los Reyes Magos no visitan a aquellos niños? ¿Por què cuàndo ellos reciben regalos nosotros no y al revès?
Un buen dìa, un cura que se acordò que nosotros existìamos y se apareciò de visita, intentò explicarnos el asunto, no sin antes sorprenderse porque nos estuvièsemos planteando tal cuestiòn. Es usual que alguna gente que vive en lo que cree el centro de la vida, se imagine a los de la periferia en la pobreza absoluta, para eso allà se trabaja y planifica. ¡Con razòn la vieja España, creyò que los indios no tenìan alma! Los pobres siempre son culpables de cuanto a su alredor ocurra; no basta la pobreza.
“Eres culpable de tu propia pobreza y allì viviràs eternamente, no le busques cuatro patas al gato.”
La pobreza, para quienes asì razonan està ligado a las cosas materiales; esas que ahora salen medidas de las fàbricas para que el dios mercado conserve su poder. El cual no proviene de esa misma falsa deidad, sino de las manipulaciones y maniobras egoistas de otros que se ocultan en cavernas mal olientas.
El abuelito del mar era fuente de su propio poder. Era el mar y equilibrio del entorno. Era el manglar, su belleza y abundante riqueza. Era nuestra imagen poètica con su descomunal fuerza.
“Lo que pasa, dijo el cura, “es que el niño es pobre y no le alcanza para regalarle a todos y entonces espera que los Reyes, que son muy ricos, lleguen con regalos para quienes no recibieron en el primer repartimiento”.
Entonces aquello se nos volvìa no un derecho de los niños sino un acto de misericordia de ùltima hora; y como tal, debìamos esperar para màs tarde, justamente quince dìas despuès.
Asì como llegò, hablò, se fue el sacerdote, creyendo que habìa dejado todo claro y resuelto; quizàs hasta le comunicò a su Obispo aquella proeza y creatividad convincente suya; pero nosotros quedamos con la misma duda y un mayor enredo. Su marcha dejò atràs un montòn de preguntas.
¿Por què no se cambian alguna vez? ¿Por què un año el niño nos regala a nosotros y los Reyes a los del centro? ¿Si el niño es pobre por què da los mejores regalos? ¿Por què a mi casi siempre, cuando no me castigan por portarme mal, me regalan una pistola de papelillos, mala imitaciòn de las de los vaqueros de las pelìculas ambientadas en el “lejano oeste”? ¿Esto de las pistolas baratas tambièn es por nuestra propensiòn a la maldad? ¿Por què serà que los niños del centro siempre se portan bien? ¿Por què los del centro van primero y con el niño?
La pregunta “¿mamà por què aquì a la casa no trae regalos el niño Jesùs?”, se respondia invariablemente.
“Bueno es que el niño no tiene para todos y hay que darle tiempo al tiempo para que lleguen los Reyes.”
La verdad es que en mi casa y en las casas de mis compañeros se hacìan gastos no habituales para celebrar la navidad. Habìa que estrenar de pie a cabeza. La inusual cena, que no la deparaban el manglar y el mar de manera directa, suponìa unos gastos extras. Uno escuchaba en casa lamentos y manifestaciones de preocupaciòn por los gastos que aquella fiesta exigìa. Aunque tambièn se percibìa deseos de hacerlo y felicidad cuando se lograba cumplir aquella meta. Nadie se lamentaba por tener que asumirlos sino que se manifestaba la necesidad de lograrlo. Uno bien sabìa, que en nuestras casas del barrio, cada familia gastaba lo poco que tenìa para festejar la navidad. Por eso, era natural que le “dièsemos tiempo al tiempo.”
Eso sì, los del centro tenìan cosas mejores. De esas que se suelen ver y comprar. A ellas las asociàbamnos con el niño Jesùs. Entonces ellos, eran los carajitos de èl. Nosotros los de los Reyes Magos. La vida de ellos y la nuestra, con todos sus rasgos, estaban asociadas a uno u otro de aquellas figuras que siempre estaban en el nacimiento y aparecìan en la navidad.
Pero tenìamos al abuelito del mar que cuidaba y prodigaba la riqueza nuestra y nunca nos dejaba a la deriva. En cualquier lugar u hora, en horas taciturnas, aparecìa y hablaba para dejar todo claro. Cuando se esfumaba, dejaba las cosas en orden y sin dudas para el què hacer. Su generosidad daba para cuidar y velar ademàs por los del centro.
Entonces, la respuesta a la pregunta ¿quièn te pone a tì?, te identificaba con el barrio o el centro. Lo que es lo mismo, eras un niño de un lado, nivel, absurdas cosas, segùn quièn te pusiera. Lo que nada tenìa que ver con nuestras presuntas culpas; tampoco fue producto de un acuerdo o convenio comercial entre el niño y los reyes.
No obstante, siempre uno habrà de gritar con jùbilo: ¡Feliz Navidad! ¡Pròspero Año Nuevo! Todo porque el abuelito del mar nos hizo solidarios e incitò a buscar las respuestas y descubrir que no hubo entre nosotros culpables. Nunca fuimos malos, ni crueles, como tampoco los muchachos del centro.

Barcelona, 17-12-11