miércoles, 25 de abril de 2012

CLASE MAGISTRAL UNIVERSITARIA


De iracundos venezolanos de ahora



Eligio Damas



En algunos casos, cuando escribo algo, donde debo mezclar ficciòn con realidad por diversos motivos, suelo recordar aquello de “una historia arrancada de la vida misma”, expresiòn usada con frecuencia por la cursilerìa novelìstica radial que nos llegò de la Cuba batistera y de antes tambièn. Pero que a Mario Vargas Llosa, en “La Tìa Julia y el Escribidor”, le gustò reinvindicarla.

Digo lo anterior, porque si se puede admitir que en este texto hay ficciòn, en virtud que recoge expresiones, pequeños discursos y actitudes correspondientes a instantes, situaciones y hasta escenarios diferentes, pero puedo asegurar que todo ello es lo màs parecido a cosas sucedidas. Por supuesto, como se decìa en las viejas pelìculas, para salvar posibles incomodidades, expresarè que cada situaciòn parecida a un hecho real o persona de carne y hueso, es pura coincidencia.

El docente, es un profesional universitario por supuesto, pero no cualquiera escogido alegremente, obviando detalles importantes, sino de manera muy meticulosa, sin que nada quede fuera u olvidado. Estamos en un paìs donde pese todo, quienes claman por las libertades y derechos plenos y se presentan como vìctimas de acoso o exclusiòn, mean sus parcelas para que allì no entre nadie fuera de la estirpe, cofradìa o aquelarre habitual. Como quien exige el derecho constitucional al libre trànsito pero promueve el cierre de las calles pùblicas en su urbanizaciòn.

Al entrar a clase, como quien cumple un rito o quiere dejar las reglas claras, advierte a sus alumnos (¿?) el origen divino de su autoridad.

En el Popul Vuh, el libro sagrado de los indios quichès de centroamèrica, se habla de aves parlanchinas que sobrevuelan la comunidad llevando la crònica a todo el pueblo en los amaneceres. Washington Irving, en “Memorias de la Alahambra”, hace uso de esta misma figura para hablar de buhos que difunden en las mañana las noticias y chismes del dìa, volando por encima de los techos a la poblaciòn mora. En los Comentarios Reales”, el Inca Garcilaso, nos deja constancia del eficiente sistema postal de la cultura Inca.

Aquellas aves, mencionadas en el libro sagrado quichè y el escrito por Irving, en el caso nuestro podrìan ser los alcatraces de la playa, tambièn traen a uno estas historias que ahora contamos.

“No acepto en mi clase esto o aquello – generalmente se refiere a idioteces – porque la rigidez es mi consigna, asì me crearon. Me apagan el telèfono porque si èste suena…..”

Al llegar allì, a un desprevenido muchacho, o alguien esperando una llamada urgente, como aquel a quien llamaron porque la madre acababa de morir en un accidente, le repicò el celular.

La profesora monto en còlera, trato a los jòvenes como si fuesen vasallos suyos e hizo algo que un viejo educador califica como un descomunal atropello y gesto totalmente ajeno a la pedagogìa; si propio de soberbios y prepotentes.

“Señores, no sigo con la clase – la cual aùn no habìa comenzado ni dicho nada agradable a su auditorio – y doy la materia por vista”.

De la antaña pedagogìa, de la inseguridad, sòlo faltò que dijese, con rabia manifiesta:

-“Cada uno de ustedes tiene unos cuantos puntos menos en mi materia”.

Antes, en su interrumpido discurso, dejò “claro”, sin ninguna prueba a la mano, que los estudiantes de medicina integral eran unos analfabetas y los graduandos una estafa. Pero tambièn, que los alumnos suyos de colegios universitarios privados, eran brutotes e ineptos.

El celular del profesor sonò tres veces, pero no dijo ¡ring!, sino en tono cantarino y pegajoso:

-“Hay un camino. ¡CAPRILES!”

Mientras el aparato emitìa su mensaje, el “docente” le dejaba sonar de modo que sus “alumnos” escuchasen la idìlica melodìa y empapasen de la profundidad del mensaje. Mientras tanto, èl sonreìa complacido y suspiraba para que sus fosas nasales atrapasen aquella melodìa y sobre todo el contenido, como si esa tarde hubiese cortado todas las apèndices, empezando no por las patas sino por el rabo, antes de entrar al ruedo.

Despuès de hablar quedamente, decidiò iniciar su “clase”, que nada tenìa que ver con gobierno, partido, ni nada parecido, pero sì con el cuerpo humano y sus males.

-“Este paìs està muy dividido. Por eso, muchachos, hay un camino”.

Tomò aire el profesor para organizar sus fecundas ideas, se largò como los otros en improperios contra el programa de medicina integral y luego volviò al principio.

-“Mi familia està toda dividida. Unos y otros no nos hablamos siquiera. Porque los chavistas, que los hay, cuando no son una cuerda de limpios son corruptos o ignorantes.”

Era estimulante y admirable el esfuerzo del profesor por lograr la unidad familiar y nacional.

La profesora, al entrar hizo menciòn a su edad, cosa no habitual entre mujeres. Pero agregò que està casada y “¡vaya què bien!”

-“No vayan a creer que soy una amargada solterona.”

Dijo esto ùltimo y se largò un discurso sobre reglas y exigencias que la definen como persona nada dada a congeniar con nadie, poblada de malas pulgas y, quien entiende la relaciòn alumno- profesor o docente, como un acto de guerra o cacerìa a muerte, donde ambos hacen de cazadores y cazados. ¡Como quièn se le pasa matando pulgas o sacàndose las ladillas con la uñas!

-“Y les advierto, detesto a los chavistas porque todos ellos, sin excepciòn alguna, son vagos y ociosos. Dìganme esos de la medicina integral”.

Repito; todo eso fue “arrancado de la vida misma”, en esta ciudad oriental. Espero que dejen a los alcatraces quietos con sus vidas y piojos.