lunes, 15 de octubre de 2012

EL RECTOR FRANCISCO DE VENANZI, UNA ANÈCDOTA DE LOS INICIOS DE LA LA LUCHA ARMADA


ELIGIO DAMAS


              Esta historia es verídica. Quien la escribe fue testigo presencial de los hechos. La escribí y publiqué en un diario regional, hace unos años. Hace poco, revisando archivos la encontré. Confieso que fue un hallazgo agradable, porque significó reencontrarme con uno de los tantos acontecimientos gratos y emocionantes que hube de vivir, por el admirable recuerdo que siempre guardo, por distintos motivos, de Francisco De Venanzi, brillante médico, docente universitario, rector de la UCV, en un momento difícil y borrascoso de la historia venezolana, un venezolano ejemplar que ahora poco se recuerda.
              El sonido de los disparos, según la opinión unánime del  grupo  de estudiantes que conversaban en la escalera  de  la FCU, procedía de la azotea del edificio de la CREOLE, de por allá de Bello Monte.
              Más  que  una opinión sostenida  por una  acertada orientación,  parecía una respuesta dada por la  fuerza  de  la costumbre.  Generalmente,  de  aquel  edificio  de  la compañía petrolera gringa, disparaban hacia la universidad. Por eso, no había razón para que aquella mañana de mucho sol, se dudase de la veracidad de la afirmación.
             Y  aquel  muchacho, bachiller caraqueño,  de  clase media  y  estudiante del último año de odontología,   pese    no haber  identificado la procedencia de  los  disparos y los puntos impactados,  no dudó  un instante que  salían   del   edificio  de  la  petrolera  y  estaban dirigidos  hacia la plaza del rectorado, donde él  se  encontraba charlando animadamente con varios de sus compañeros. 
              Era  uno  de  los militantes  del  FUL,  movimiento iniciador de lo que definieron como la "autodefensa armada contra la represión gubernamental y la política presidencial de disparar primero y averiguar después" del presidente dictador Rómulo Betancourt.
            Mientras  quienes  estaban en los alrededores  de  la plaza del rectorado, como habitual en aquellos casos, buscaban donde guarecerse de los disparos, el estudiante  de odontología se dirigió hacia uno de los  jardines, se detuvo en un sitio boscoso y después de mirar varias veces  en todas  direcciones, hurgó en la tierra y extrajo lo que resultó un fusil dentro de una envoltura de lona. Salió en  carrera  hacia la  parte posterior de  la  biblioteca,  desde donde  podría ver la azotea del edificio del  cual  presuntamente disparaban en ese instante hacia la universidad.  Para ello debió pasar en carrera por la entrada del espacio que conducía hacia las oficinas del rectorado, o la puerta del mismo, como se solía decir.            
              En el  camino  se le atravesó un  hombre  de  baja estatura, delgado, en  apariencia débil físicamente, cuyas  extremidades superiores evidenciaban cierta deformación.
              ­ ¿Para dónde va usted bachiller con esa arma?
              El bachiller detuvo bruscamente su carrera. Sintió que  había sido agarrado infraganti. Aquel hombre  de  apariencia frágil,  llamado Francisco De Venanzi, le infundió el  respeto  y hasta  el miedo que no era capaz de sentir frente a las balas  de la policía política que salían de la azotea del edificio de la Creole.
              ­  ¡Entrégueme ese fusil bachiller! El rector  le habló  con una firmeza inusitada, con una voz  casi susurrante, emergida  de  aquel  cuerpo  enjuto; y le  llamó  por  su  nombre completo.
              Aquel  muchacho,  que quería como tantos  tomar  el cielo  por asalto y pocas cosas le asustaban,  tembló  ante  la gigantesca fuerza que emanaba del cuerpo menudo del rector y de la firmeza del mandato. Bajó la mirada al suelo y con humildad entregó su arma.
              El talento, la reconocida capacidad intelectual del médico  y filósofo; la honradez, la larga trayectoria  de  lucha por  las  libertades, la paz, su evidente disposición en  favor  de  las causas  más  generosas, de  brillante  hoja de  servicios  en  la docencia universitaria y una permanente actitud al servicio de la universidad  y  no  a  los políticos,  hacían  de  Francisco  De Venanzi,  un  hombre de cuerpo enjuto y  ademanes  refinados,  un   firme gladiador, competente para contener los desmanes en que pudiese incurrir cualquier sector de la universidad caraqueña sin hacerle concesiones a la política oficial contraria al respeto de los derechos humanos y la vida universitaria.
              De  Venanzi,  en verdad, fue un rector;  no  se mezclaba en las diatribas partidistas, no tomó partido ante los enfrentamientos estudiantiles, en patrañas electorales,  no  se hizo cómplice de gestiones que denigrasen de su alta investidura.   
              Por  todas esas bellas cualidades y  esa  impecable gestión,  tuvo  la autoridad moral necesaria  para  imponerse  en medio de aquellas graves dificultades de la Venezuela del  inicio de la década del sesenta.                     
 C

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