lunes, 5 de noviembre de 2012

AUTOCRITICANDO A OTRO O EL "AUTOSUICIDIO" DE CAP


ELIGIO DAMAS

            Desde por allá, en el fondo de la historia, cuando empezamos a militar en el combate clandestino, los jefes, quienes después dejaron de jefaturear y se volvieron jefatureados, no se cansaban de mandarnos a autocriticarnos.
             -“Todo revolucionario debe practicar la autocrítica. Quien no lo haga, no lo es.”
             Esa cantaleta no las largaban en cada contacto o reunión. Por cosas nimias para el común de la gente, como llegar tarde o faltar a una cita, lo que en un clandestino es asunto serio, pero en el venezolano normal es como una virtud. De donde uno se formó la idea que éramos imperfectos y los jefes “las divinas personas.” Porque como dice el diccionario, la autocrítica va dirigida de mi a mí mismo, lo más parecido a una masturbación o auto flagelación. Porque es algo como medio disparatado, decirle a alguien:
           -“Mira chamo, autocritícame.”
          Como parecido a aquello de los maracuchos:
          -“Te presto cien bolívares.”
         A uno, central u oriental, al escuchar a alguien decirnos eso, dicho en zuliano, las pepas de los ojos se nos ponen como Capriles o un par de huevos fritos. Con razón, sobre todo si estamos limpios, porque alguien a quien no le estamos pidiendo prestado, generosa y espontáneamente, nos quiere sacar del apuro. De paso ¿cómo supo qué estábamos pelando? Es decir, entendemos al revés o como es, que nos están ofreciendo en préstamo unos reales. Porque en verdad, quien de esa manera nos habló, a lo maracucho, nos está solicitando un préstamo. La vaina es que no sabe, que “se juntaron dos limpios, y no, que se  armó un limpio”.
           Los jefes de antes, de aquella izquierda que no pegaba una, les encantaba mandarnos a autocriticarnos, pero ellos jamás lo hacìan, quizás por eso, rara vez o nunca, se acercaron al mingo. Pero si eran asertivos, gramaticalmente hablando, al aplicar la expresión.
           -“Autocritíquense, camaradas. Quien no la haga no es revolucionario.”
         En este caso no hablaban como el maracucho, sino al revés, que viene siendo al derecho. Es decir, nosotros estábamos obligados a criticarnos “por sí mismo”, como dice el Drae con respecto al prefijo auto.  Ellos, los jefes no, porque “jefe era jefe aunque tuviera cochocho.”   Por ser jefes pues así hablaban y estaban claros en lo que estaban diciendo.
        Por supuesto, aquella letanía o demanda, le dejaba a uno un complejo de culpa mayor que resaca de guarapita. Pero también muy claro quiénes eran los jefes y los pendejos.      
       -“Jefe no se pela”, pensaban aquellos para sus adentros. Por eso, “que se autocritiquen los balurdos”.
     Pero eso era antes, con aquellos jefes que eran competentes, para seguir en lo mismo, hablando al contrario, en pelarse a cada rato. El presidente Chávez, humilde como es, dijo sin duda alguna “debemos autocriticarnos”. Es decir, se puso por delante y pidió a todos que lo hiciésemos. A su gobierno, el cual dirige y encabeza, le lanzó críticas sin piedad. Lo que viene a ser una verdadera autocrítica, porque la hace al área de su responsabilidad.
    Pero, por lo que uno ve, lee y escucha, pareciera que muchos hubiésemos razonado al revés, ofrecer un préstamo en lugar de solicitarlo y entendimos que el presidente nos pidió que nos fajásemos a criticar a los demás. Él dijo, autocritiquémonos; nosotros entendimos “critíquense los unos a los otros” y nos lanzamos a sacarle el pellejo a todo aquel que se nos pone por delante.
            Para más vainas, se nos atravesó la coyuntura de elecciones regionales y el gobierno aplicó la cooptación, para escoger candidatos. Allí “torció la puerca el rabo”.
          Quienes se sintieron defraudados, porque el escogido no fue el de ellos, se desbordaron de rabia y expresaron “voy a autocriticar a fulano”; se desataron a insultar al escogido, confundiendo de paso criticar con lo que ellos hacen. Que es una cosa fea, tanta “como la palabra sobaco”, como dijese Aquiles Nazoa, donde hasta la madre sale “pa` la calle”.
          El ofendido, confundiendo lo de revolucionario con patotero o lenguaraz, sacó toda su artillería verbal y salvajemente devolvió la “autocrítica”.
        Pero no todo quedó allí. No. En casos, quienes se sintieron satisfechos con la escogencia, no se conformaron con eso, sino que en un “muy loable” ejercicio “autocrítico”, le vaciaron toda la basura que pudieron a quien o quienes tenían otra preferencia y al preferido de esos, quien para más ñapa, no fue escogido o cooptado.
           Está bien hacer la crítica, debe mantenerse como un arma vital para el movimiento o cambio; y hacerse sin enlodar a los camaradas,  pero el presidente puso énfasis que nos autocriticáramos, lo que podría ser, entre otras primordiales cosas, “mira bien primero dónde, de quien hablas y qué dices” y no pensar como quien pide un préstamo ofreciéndolo, lo que sería casi lo mismo como aquel “auto suicidio de CAP”. Y además, para terminar, no hacer una crítica sin dejar nada claro sino sucia la reputación del criticado. Menos si todo eso se disfraza diciendo que es una autocrítica.

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