sábado, 23 de marzo de 2013

LA TARJETA DE DÉBITO, MEDITACIONES DE UN ANCIANO


Banca es banca, aunque se vista de cura.

ELIGIO DAMAS

            Hasta antes de las elecciones del 7-10, los opuestos al gobierno, entre ellos gente de la tercera edad, tomaron como bandera, el asunto de las colas en los bancos los primeros días del pago de la pensión. Para esa “calamidad”, mientras esperaban su turno para “retratarse en taquilla”, discurseaban al respecto y reclamaban como panacea se otorgase, a cada ciudadano que goza de ese derecho, una tarjeta de débito.
           Como soy jubilado, después de haberme pasado más de cuarenta años trabajando en el sector educativo, cobro a través de cuenta de ahorro, pero también tengo una tarjeta de débito, qué no sé para qué. Por supuesto, gozo de la pensión del IVSS.
           Para hacer uso de la tarjeta de débito, como cobrar o retirar la pensión completa, lo que sin duda hará la mayoría, por diversas razones, el viejito tendría que hacer su cola y en la calle. Porque los cajeros que no abundan, en días de pago suelen también estar congestionados y ahora, con esa medida, lo estarán más. Además, como señalaré luego, la banca está poniendo trabas para que el muy modesto depositario o ahorrista, vaya al banco.
         ¿Qué hace un anciano, quien por lo general se mueve en un espacio muy reducido y dónde no hay cajeros, ni es usual la presencia de negocios que aceptan pagos electrónicos con esa tarjeta? Esta pregunta por supuesto, está sujeta a responder a quienes dirían que eso le permitiría comprar sus cosas sin dinero y necesidad de ir al banco. Tendrá necesariamente que acudir a éste, si le permiten el derecho a seguir usando la libreta, para esos pequeños gastos contingentes. Esto, cuando no lo saque todo de una vez, que es lo usual y el proceder mayoritario.
            Pero vamos por más. Por supuesto, comparto totalmente el reclamo de la señora Ana Castro, en aporrea.org., quien dice que ir al banco es como un ejercicio y necesidad del anciano. Pues no será lo mismo, “pasar” por un cajero, donde posiblemente no vea a nadie conocido, ninguno de los viejos amigos de trabajo con quien aprovecha para hablar de tantas cosas, en veces hasta de política y casi siempre de sus padeceres. Claro, hará cola en el cajero, como antes en el banco, pero ahora con personajes de rostro difuso, a quienes nunca ha visto ni con quién puede recordar  “los viejos tiempos”. En el banco además, en unos cuantos, goza de la bendición del aire acondicionado, esto es vital para los orientales y, hasta en muchos casos, de una silla donde depositar los cansados huesos. El cajero no; está en la calle y bajo el inclemente sol.
            Pero para más vainas, uno sabe que esos cajeros, que como antes dije, no son muy abundantes, generalmente están deteriorados o simplemente no tienen “real” y no es lícito pensar que, de repente, con la avalancha que le viene, se pongan “finos”.
           En verdad, creo yo, advirtiendo que soy un viejo cascarrabias, protestatario y desconfiado de todo lo que venga del capitalismo, porque siempre en cada jugada se busca la ganancia y hasta la “caída”, como dicen en mi pueblo, en esto de la tarjeta de débito, por ahora, así la implemente el gobierno, quien sale primordialmente beneficiado, es el sector bancario.
           Se busca bajar los costos, impedir que haya necesidad de contratar más personal; el cuento de procurar que los viejitos no hagan cola, es un canto de sirena o de ballena, como guste al lector. Ya verán a la oposición que antes clamaba por la susodicha tarjeta, que tengo y no uso por distintos motivos, unos propios de la vejez misma, que deben contar, protestando contra ella por las incomodidades que traerá consigo e impedir que el viejito vaya al “pago”, como dicen los argentinos, a verse con los viejos camaradas.
            Todo el mundo sabe que la banca, oficial y privada, puja mediante la “imposición”, eso dije “imposición”, no fue un desliz, de la tarjeta de débito, por bajar los costos de operación y no ampliar los servicios en físico. Recordemos, como cada cierto tiempo, aumentan la cantidad de dinero que el usuario de libreta de ahorro deba sacar. Hasta tal punto, que una gran mayoría, es obligada a usar los cajeros externos o automáticos, exponiéndose a todo tipo de dificultades, como la inseguridad, pues su ahorro suele estar por debajo de la cifra que el banco le obliga a retirar por taquilla.
            ¿Qué haré ahora? ¿Me “calo” la cola en el cajero, en la calle, bajo el sol para sacar todo? ¿La sigo haciendo dentro del banco, si me dejan, no obligándome a sacar una cifra mayor que la que me depositan, mientras disfruto del aire acondicionado, la compañía y alegre “cháchara”, de los viejos camaradas? ¿Salgo todos los días de mi casa a buscar lejos de mis espacios habituales a comprar dónde pueda pagar con mi brillante y lustrosa tarjeta de débito? ¿O cómo sugirió Ana Castro, se la doy al primero que se ponga enfrente para que aproveche mi decrepitud?
          Ojo, no toqué el engorro que para un viejo significa operar un cajero. Ni el despelote que eso podría generar, por los menos los primeros tiempos de la aplicación de esa brillante idea que, por ahora, tumba argumentación opositora. ¿Quién la garantiza en la calle, en un cajero, al viejo su derecho a la prioridad?
         ¡Viva la banca! ¡Banca es banca aunque se vista de cura!