martes, 19 de diciembre de 2017

MI TÍA CARMELITA


Eligio Damas

I.- La tía Carmelita

NOTA: Por la fecha sé estamos en navidad y por eso, como lo he venido haciendo, pongo un cuento.

            Aquella madrugada, cuando dieron seis o siete golpes fuertes, bien marcados, sobre la endeble puerta, la tía se levantó alarmada más para despedirse del hombre a quien la policía política llegó a buscar para llevárselo a Guasina, el campo de concentración abierto en el Delta del Orinoco en el año 1939 por López Contreras y posteriormente utilizado por Marcos Pérez Jiménez con el mismo fin, mantener secuestrados a quienes se acusaba como enemigos del gobierno. Era sólo un bodeguero que servía de estafeta, esa donde los clandestinos depositan sus mensajes que otros, avisados de ellos, acudían a retirarlos; el de la estafeta sólo sabe de cuándo le entregan y retiran mensaje, más no quienes escriben y le entregan; son personajes sin nombre y hasta sin rostro, cada vez son diferentes; sólo un santo y seña los vincula. La policía política que manejaba Pedro Estrada creyó aquel hombre tan importante como para aplicarle pena tan dura, sin medir las consecuencias. El terror, la tortura y el generar tragedias era la fórmula para mantener la estabilidad del mandatario y su larga corte.
            La tía tenía cinco hijos menores, tres hembras de un pequeño empresario, que en aquella economía sencilla, incipientemente capitalista, estaba en la cima, pero por los tiempos aquellos, cuando los derechos de la mujer y los niños poca cosa valían, pudo darse el lujo machista de ignorar a aquellas criaturas y a la mujer que le parió aquellos muchachos a quienes ni el apellido les dio. Pero siguió siendo el jefe de una familia de lustre, nombre y renombre en la ciudad. Por eso la tía tuvo que aprender a trabajar duro, desarrollar grandes habilidades para levantar aquella familia de tres bocas infantiles. Del bodeguero, con quien se casó, tuvo dos más, una hembra y un varón. Cuando la policía política se lo llevó aquella madrugaba, apenas comenzando el gobierno dictatorial que derrocó a Rómulo Gallegos, quedó con cinco muchachos y una bodega en ruinas, pues lo que había en los estantes no cubría las deudas. Pero quedó la tía, una fortaleza capaz de desafiar las más serias dificultades; como una roca plantada en medio del océano ante el cual se estrellan las furiosas olas; un caso extraño dentro de una familia, la de sus padres, ya muertos, generalmente abatidos por el rigor de la vida, porque esta fue para ellos un desafío enorme para el cual no estaban preparados.
            La tía Carmelita era alta y fuerte. No tan alta como su primo Matías que llegaba más allá de los dos metros veinte, pero si lo suficiente como para que aunado a su potente voz, recia personalidad y eso que llaman don de mando, uno imaginase que trepaba más arriba. La palabra de ella, en cualquier circunstancia, llegaba a uno como un mandato ante el cual ninguno de nosotros, empezando por sus hijos, se atrevía ignorar o dejar para después.  
            Pero la tía no sólo ejercía su don de mando, autoridad para regañar, lo que parecía gustarle en exceso, quizás por aquello de su fortaleza de ánimo, sino también su exquisita bondad para proteger a casi toda la familia aparte de la suya que era bastante grande. Por eso, los muchachos, los más pequeños, hijos y sobrinos, que formaban una larga lista, recibían las órdenes siempre estrictas de la tía y los consejos dados como con demasiada rudeza, atención extrema y hasta placer. No sé si cuando uno salía presuroso a cumplir una orden de la tía lo hacía por el temor que infundía su palabra y gesto por demás adusto o por el placer de complacer aquella bella persona con las manos siempre extendidas, pese el formal empeño que ponía en parecer dura como el más noble granito.
            Cuando al hombre se lo llevaron para Guasina, otra vez la tía quedó sola al frente de su familia que de paso había crecido, sin contar los sobrinos, hijas e hijos de hermanas y hermanos ya muertos unos y en la extrema pobreza otros, ante los cuales ella se sentía obligada a responder. Por eso la casa de la tía siempre estaba llena de gente, pese su figura y forma de hablar infundía temor. Cuando ella reía, lo que no era muy frecuente, pues prefería ser más irónica, parecía regañar, pues la sonrisa si se asomaba lo hacía como quien tenía miedo de hacerlo, tal vez a la tía misma y volvía pronto a ocultarse tras aquel rostro como pétreo. Pero por eso mismo, todos tendían a mostrarse colaboradores, ajenos a aparecer en cosas que provocasen el regaño de la tía y hasta deseosos de cumplir celosamente con las tareas de la escuela, pues la tía, tenía tiempo y disposición para atender aquello. Con cada uno repasaba la tarea y daba instrucciones para corregir errores. La tía era también maestra, sabía muchas cosas, hasta más que las del colegio. Después, con el tiempo, pude entender que la tía, con su fortaleza y generosidad, aparente dureza, hasta capacidad de sacrificarse, se prodigaba en darnos seguridad a todos.
            Claro, la tía con aquella actitud suya se ganaba el derecho a considerarse a meterse en todo y que cada quien respetase su palabra y sobre todo su opinión. En nuestra cultura solemos meternos hasta en lo que no nos importa y aunque nadie nos pida opinión. Pero el cumanés, a quien se suele tildar de “liso”, que no es más que comportarse como ya dije, en el fondo lo hace por una gran necesidad de servir a los demás. Si usted pregunta en Cumaná a alguna persona que halló en la calle, amigo suyo o absolutamente desconocido,  por una dirección o persona que vive en el área donde se halla, si el interrogado no responde porque lo ignora o simplemente tiene dudas, recibirá respuesta del primero que pasó o escuchó su pregunta. Aunque usted a él no le ha preguntado nada. No se asume indiferente porque eso a él nadie se lo ha preguntado. Menos, como sucede en algunas partes del país, recibirá como respuesta una dirección en sentido contrario de donde vive o reside la persona que busca. Me contó un amigo con mucha emoción y agradecimiento, que una vez, estando de visita en Cumaná, se le dañó el vehículo, justamente estando en una estación de gasolina. Por ponerse a jorungarlo para reparar la avería se llenó de grasa la ropa y por eso, estando alojado en el Hotel Cumanagoto, uno de 4 estrellas, sentía pena de volver allí en ese estado. Hizo el comentario al joven que hacía el servicio de surtidor de gasolina, más o menos de su misma talla. Este, sin pensarlo mucho, sin conocerle, sin saber que lo que decía era verdad, le prestó su ropa, la que tenía en el espacio donde se cambiaba, como dijo él mismo, “quizás lo mejorcita que tenía” y le dejó se llevase la que vestía y la sucia, con el acuerdo verbal que más tarde se la devolvería, como en efecto hizo. Y eso, como suelo decir, porque es mi experiencia, se lo debemos al mar.
             Si aquella gente toda es así, cómo no entender que la tía Carmelita, quien no dudaba en asumir responsabilidades que no eran suyas, que implicaba para ella un enorme sacrificio, se considerase con derecho a meterse en nuestras cosas, aun cuando habíamos llegado a la mayoría de edad y acudíamos a ella cual paño de lágrima.
            “Los discípulos dijeron a Jesús:
              No tenemos más que cinco panes y dos peces. Jesús les dijo: Tráiganmelos.
              Tomó los cinco panes y los dos peces, partió los panes y se los dio a los discípulos, que los repartieron. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños”. (Mateo, 14, 14-21.
            Era poco frecuente que alguno de los tantos sobrinos que frecuentábamos la casa de la tía Carmelita en su casa se quedase a pasar la noche. Eso a ella no le hubiese incomodado, pues si bien no había sitios destinados para ello, la comodidad no entraba en nuestras exigencias y sobraba donde guindar algún chinchorro bajo los corredores de la casa o entre los arbustos del amplio patio, en una ciudad donde dormir así era por demás agradable casi todo el año. No obstante, alguna que otra vez sí, por una exigencia de ella misma, por cualquier circunstancia, como acompañarla al mercado a horas tempranas de la mañana o que la noche ya vieja nos sorprendiese y dada lo lejano del barrio pobre donde vivíamos o, para mejor decirlo, habitualmente dormíamos.  
           Se dio el caso que mi primo Julián y yo, también sobrino de la Tía Carmelita, nos quedamos jugando hasta muy tarde en la plaza Bermúdez; eran de los primeros días de diciembre y ya estábamos como entrando en las festividades propias del mes. Volver a mi rancho a esa hora, mi primo vivía con nosotros, era hasta arriesgado y daba miedo. Se hablaba de “La Llorona”, que solía recorrer las calles solitarias de la ciudad y hasta del hombre encapotado, que al decir de la gente, era una fija en “Los dos corrales”, justo el sitio de entrada en el camino final de nuestro destino. Pero lo más real, eran las patrullas policiales que a pie recorrían la pequeña ciudad y tenían, la “ceba”, como decía una muchacha de aquellos días, “de cogerla” con los muchachos. Si en verdad y con justicia juzgamos, no habiendo ladrones, asaltantes, aquella conducta policial, sin obedecer a plan alguno, estaba destinada justamente a proteger a los jóvenes, sólo que uno no entendía el por qué de aquel gesto y los policías tampoco; eso sucedía como un hecho llamémoslo inercial o instinto de conservación de la especie. Por eso optamos, sin que la tía lo supiese, entrar de manera furtiva a su casa y extender de columna a columna dos chinchorros, que siempre allí estaban guindados en la parte posterior de la casa, hacia el amplio patio y justo donde se hallaba la cocina o mejor el fogón.

II.- Multiplicando las arepas

            Casualmente muy de mañana, tanto que parecía madrugada, los vientos que allá siempre soplan del norte al sur, como si los trajese la ola o ella los transportase a ellos en su cresta y al chocar con la costa los lanzase hacia adentro, entraron fuertes al espacio donde dormíamos y se trajeron una lluvia inesperada, de las últimas que quedaban pendientes por allá, mezclada con gotas de agua marina de esa que el choque  fragmentaba, que como nosotros esa noche, se distrajeron y tuvieron que venirse solas y de últimas. El punzar del agua fría lanzada por los vientos que penetró por los intersticios del chinchorro me despertó bruscamente. Miré hacia todos lados maquinalmente y en punto percibí una luz en aquel espacio oscuro de cuando nos acostamos. Tomé conciencia que venía de la cocina e imaginé que la tía Carmelita ya estaba en sus habituales labores de ama de casa y soporte de toda aquella familia agrandada por nosotros sus sobrinos y con la generosa complacencia de ella. Pese su aparente rudeza y disposición de mandataria.
               Desperté a Julián acomodado en el chinchorro vecino y después de indicarle se mantuviese en silencio, le indique mirase hacia el punto donde la luz bailoteaba. Puestos de acuerdo sigilosamente, descalzos para no hacer ruidos, nos acercamos como apretujados al punto donde la luz se escapaba. Nos sentamos en el ángulo de la puerta desde donde podíamos observar lo que acontecía dentro de la cocina. La tía estaba frente al mesón donde se hacían las labores propias de aquel espacio, justo casi frente a nosotros; pero la luz de las velas, aquella que daba como discretos saltitos, dispuesta frente a ella nos permitía la mirásemos sin que ella a nosotros. Pese lo oscuro, pudimos mirarnos a la cara y mutuamente nos hicimos la habitual señal de hacer silencio.
            La tía sacaba con una taza grande buena cantidad del maíz que ya había cocinado, lavado convenientemente y la arrojaba al envase del molino; entonces procedía a hacer girar con su mano derecha la manigueta que ponía en marcha al aparato para moler el grano, mientras a este empujaba al fondo, para que lo atrapase el engranaje y le volviese masa. Limpiaba el molino para no quedase masa adherida a él y cayese toda en el envase que había dispuesto para eso. Otra vez volvía a llenar de granos el molino y repetía la misma operación hasta terminar aquella parte del trabajo. Cada cierto tiempo la tía se secaba la cara, empapada a causa del calor imperante en aquella rústica cocina.  Cada vez que el envase colocado bajo del molino para recibir la masa se llenaba la tía trasegaba su contenido a otro mayor colocado al alcance de su mano. Al final este estaba repleto como la tía cansada. Por eso detenía allí su labor y se sentaba un rato en el viejo ture que tenía allí mismo, tomaba su café y recuperaba fuerzas para volver a sus primeras tareas del día, en pleno amanecer. 
            Vimos por primera vez de dónde y cómo salían las arepas, que eran tantas como comensales habría en la casa a la hora del desayuno, que habitualmente eran unos cuantos.
            Pocos minutos después volvió a la faena, amasó la masa y formó redonditas las arepas que fue colocando en el viejo y grande aripo. A la hora del desayuno y en la noche temprana, al volvernos a sentar a la mesa por tercera vez, aun en el centro habían abundantes arepas para todos. La tía Carmelita, se ocupaba de todos aquellos milagros.

           La tía multiplicaba las arepas y era como la mar. De su seno salían tantas cosas que uno podía agarrar, casi sin su permiso, pese el respeto que infundía, para saciar el hambre o mejor simplemente para comer porque siendo ella como el mar, nadie a su lado carecía de alimento. Pero el mar no ponía los potenciales alimentos la mano de uno, ya listos para el consumo; salvo alguna cosa extraña y exquisita como la ostra, la que había de sacar de los ostrales, cosa nada sencilla, había que hacer la pesca y esta era un trabajo exigente. La tía brindaba seguridad, cobijo y en buena medida nuestro alimento y me refiero a quienes no éramos sus hijos, porque eso no sería extraño, menos en ella y por lo que recuerde ahora, pero como a ellos, asignaba responsabilidades y cumplimiento con las obligaciones. Era de rostro casi pétreo y como ya dije, su palabra salía autoritaria y en veces áspera, pero por ella, cualquiera se sentía seguro. Imagino a la tía en su soledad, cuando no tenía que fingir el rol que le asignó la vida, en veces llorando ante la injusticia y el dolor y otras riendo, como una niña, viendo el revolotear de las mariposas. Los hombres que pasaron por su vida que la dejaron cargada de hijos nunca supieron nada de ella y nosotros tampoco.

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