miércoles, 25 de abril de 2018

NO QUISIERA VERLES EN MEDIO DE UNA GUERRA. RECORDANDO A MI AMIGO MOISÉS MOLEIRO



ELIGIO DAMAS

            No necesito explicar aquí mi posición, porque para quien quiera saberla es suficiente escudriñar en el archivo de Aporrea. Por eso, sugiero a quien crea “que le cae la chupa”, lo haga antes de juzgar.
            No es esta la primera vez ni creo será la última, que haga alusión a mi amigo Moisés Moleiro, “El Ronco”. Más de una vez, en los tantos libros, casi todos sin publicar y en los miles artículos que he escrito, le he mencionado. Muchas veces le he citado,  por la calidad y seriedad de su trabajo intelectual y otras por razones anecdóticas relacionadas con los avatares que juntos compartimos.
             Ambos militamos en AD, primero en la clandestinidad, cuando Pérez Jiménez, él en Caracas y el suscrito en Cumaná, la ciudad donde nací para fortuna mía. En las primeras reuniones de jóvenes dirigentes adecos, caída la dictadura, de todo el país, cuando Gumersindo Rodríguez, fue el Secretario Juvenil Nacional, Américo Martín, también mi amigo, pese las diferencias de percepción que median entre ambos, estaba al mando de la juventud del Distrito Federal y Moisés era allí Secretario de Organización, nos conocimos. De aquello nació una entrañable amistad que duró hasta su muerte, pese nos distanciamos políticamente cuando él optó por irse al MAS. Es obvio que dimos un salto en este recordatorio porque entre el principio y el final, se insertó la dura jornada de lucha clandestina a lo largo de los gobiernos de Betancourt y Leoni y el período en el cual Moleiro estuvo en la lucha guerrillera.
            Dos son los motivos que justifican este trabajo y hasta lamento, pero uno y otros, no por el simple azar, están vinculados, aunque entre ellos medien largos años.
            Esta tarde, a media tarde, y esto sí parece azaroso, porque casi nunca escucho radio, sintonicé un programa donde dos jóvenes periodistas, a través de la línea telefónica, entrevistaban a otro joven, en este caso un político. Sus nombres no importan; solo interesa que son jóvenes y lo que dijeron.
              El tema que les ocupó es el relativo a las elecciones a realizarse ahora en mayo. Por lo que todos ellos dijeron, no sólo son partidarios de esa oposición que lidera lo que antes se llamó MUD. Pero también lo son de un escenario en el cual se den unas condiciones electorales distintas a las que ahora hay, como que la oposición estuviese participando unida y eso significa pues con un solo candidato. Eso significa que no se manifestaron partidarios de apoyar a Falcón, porque según ellos, participando como lo hace este, con un apoyo pírrico del bando opositor, está sentenciado a la derrota y, en todo caso, casi aseguran, el CNE le haría trampa, salvo gane por una ventaja abrumadora. El mismo discurso opositor de años atrás y que ha precedido a toda contienda electoral, aunque terminen ganando y con el reconocimiento de su triunfo. La misma táctica, destinada a sentar las bases para las acciones posteriores que siempre han resultado en violencia. Nada de criticar los escandalosos fracasos de la dirigencia a la que, de una manera u otra, siguen apegados.
              Es decir, los jóvenes, los dos conductores del programa radial y el entrevistado, se construyeron un escenario a su gusto. El mismo que les sirve para justificar sus posiciones, pese al mundo pudiera andar por otro derrotero. Están por lo electoral y lo pacífico y al mismo tiempo no están. Y ese escenario que, pese lo construyeron ellos mismos, no debe ser el de su gusto, porque me niego a creer que jóvenes venezolanos estén deseando uno tan caótico para su país;  el mismo que interesa a quienes quieren desintegrar la nación venezolana y para ello aquí se desate una guerra. Esperan, es lo que uno concluye de lo que pintan verbalmente, se produzca un resultado estrecho. No lo dicen, porque uno tampoco sabe si lo desean,  que sueñan y esperan, se desate un caos y se den las condiciones para que la violencia se enseñoree entre nosotros y la injerencia externa se patentice. Como sólo para que la realidad verifique lo que piensan o desean.
             En los días finales de la participación del MIR en la lucha guerrillera o lo que más genéricamente se aludía como lucha armada, se produjo una reunión del “alto mando político militar” de ese partido apara analizar la coyuntura y decidir su destino. Por supuesto, el centro de la discusión estuvo en el continuar en lo que venían haciendo, que muchos llamaban como pomposamente “la guerra popular” o acogerse a la pacificación y participación política acorde con la legalidad de entonces y habiendo sufrido una lamentable derrota en todos los frentes. Eran los tiempos de la primera presidencia del Dr. Caldera.
             En medio de la discusión, uno de los compañeros que soñaban con “tomar el cielo por asalto”, hizo una intervención a favor de continuar con lo que venían haciendo y elogió a lo que llamó el desarrollo de la “guerra”.
           “El Ronco”, con aquella franqueza suya, no ajena a la sátira e ironía, rasgos que manejaba con certeza y gracia por demás, le interrumpió y le preguntó:
             -“¿A cuál guerra te refieres? ¿A esto en lo que estamos metidos donde nosotros lo único que hacemos es poner los muertos?”.
             Del resultado de aquella y otras reuniones todo el mundo lo sabe. El MIR se dividió de nuevo, como continuó haciéndolo hasta que Moisés se fue para el MAS y otros compañeros optaron por mantenerse un tiempo más en su guerra hasta que los obstinados hechos les obligaron a dejar aquello.
              Y aquello, pese todo, no me atrevería a llamarle una guerra y menos en un país donde ha habido tantas y por demás cruentas, pese al poco poder destructivo de las armas de entonces, produjo sus cuántos muertos, unas incontables frustraciones y por demás tristeza. Sin contar los torturados, desaparecidos y hasta fusilados.
               Uno no entiende como pudiera haber jóvenes, que de paso no tienen a disposición un avión y todos los recursos necesarios para poner entre el escenario de la guerra y ellos miles de kilómetros en poco tiempo. Como tampoco tienen nada trascendente por perder o ganar. Habiendo medios para llegar acuerdos, más si percibimos que lo que nos separa a los venezolanos no es tan grande como si lo es lo que a ellos y a todos nosotros, que somos ellos mismos, de quienes quieren apoderarse del país; dividirlo o hundirlo en una guerra, donde como aquella vez dijo Moleiro, sólo seamos nosotros quienes pongamos los muertos y los pocos que vivos queden solo podrán contar historias tristes.
            La guerra es mala. Como suele decir Julio Escalona, de los también amigos de aquellos tiempos, “ellos siempre tendrán más armas que nosotros” y digo yo, esas apuntarán hacia nuestros cuerpos sin preguntar de dónde venimos ni hacia dónde vamos.
           No quiero para mis hijos y nietos, los de mis amigos y de todos los venezolanos y gente del mundo, una guerra. En ella sólo ganan unos pocos; quienes las promueven, siempre con fines inconfesables, pero nunca asisten al campo de batalla. Las balas siempre caerán lejos de ellos y las devastadoras explosiones de las armas modernas, pese su enorme radio destructivo, nunca tocarán sus espacios.
           Me siento mal,  sé que Moisés mismo sentiría lo mismo,  al escuchar o leer lo que ofrece ahora, para mayo, el senador norteamericano Marcos Rubio sobre nuestro país, como si fuésemos una colonia díscola del suyo y él, el capataz designado para someternos.
           Por eso, en lugar de promover una guerra, haciendo discursos destructivos, llenos de insinuaciones y construyendo escenarios hipotéticos para aumentar el odio, acumulando bastante de este sentimiento que hasta bestializa el gesto, usando con libertad recursos como la radio que en una dictadura no existen, prefiero cantar, como lo hacíamos con Moleiro en aquellos años difíciles y felices al mismo tiempo:
            -“A beber, a beber,
                en el fondo del mar
                porque ya no se puede
                beber en la tierra”.

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